Si solo viviera para cubrir con una pátina de letras las hojas que dispone la tierra en la que yazgo, mejor no haber nacido. Porque al rebufo de la lengua, uno solo escala a trompicones por la vida, y halla que su tarea volátil estaba predestinada a ser devuelta a la semilla y enmudecer. Más vale el pájaro que viaja del charco al árbol para apaciguar la sed de su madera, que el frío efímero de la inspiración.
Haber nacido, eso sí, abriendo la herida en el vientre de la madre, erguirse como una interrogación en nuestros primeros pasos y comprender al fin que no son nuestros zapatos los que desbrozan el andar.
¿A qué esa urgencia, entonces, de atarse, de darse a conocer a la luz, cuando en la matriz el pequeño ser que fuimos se nutría y crecía en la sombra?

Así, nuestra oración que cultiva el silencio en la oscuridad.
No hábilmente como lo haría un ciego,
sino abisal, torpe,
colmado de ternura y padeceres,
agitando las manos en el aire,
como el niño que comienza a andar.

Fantasmas

In: relatos

30 jun 2010

Hacer el amor, follar, echar un polvo o un quiqui: sexo es aburrimiento tras la puerta cerrada de nuestro hogar. Horowitz, el programador de la compañía que me sirve de confidente observa, muy sagazmente, que sexo es sobre todo batalla y que una pareja que se lleva demasiado bien, que es demasiado responsable, demasiado querida y leal es seguro un fiasco entre las sábanas.

Fantasmas, Fracking Räta

Tengo la impresión de que, desde que me convertí en un elefante, mi mujer y mis hijos hacen todo lo posible para evitarme durante el día. Esto que digo no es más que una sospecha que aún no me he atrevido a aclarar y, para ser honesto, no tengo ninguna intención de espiar las conversaciones que mantienen a mis espaldas, caso de que las hubiera. Hace un par días me sentí tentado de preguntarle a mi esposa, de manera frontal, si había pactado el silencio por mi condición de paquidermo. La duda se me enquistó a raíz de descubrir una tarde a toda mi familia reunida en la cocina con cara largas y en silencio. Parecía que mantuvieran una asamblea. En cuanto se percataron de que les observaba, se miraron entre ellos, no abrieron la boca y se dispersaron. Todas estas actitudes sospechosas como por ejemplo la de no recibir ninguna queja cuando destruí por accidente el adorno de cerámica que mi hija me regaló por el día del padre. No solo la ausencia de una protesta o advertencia contra mi torpeza sino la abnegación y pasmos absoluto con el que mi hija se lanzó a recolectar los trozos de su manualidad destruída y a deshacerse de ellos, como si se tratara de una mascota que hubiera asesinado por mi inoperancia y que no debiera ver para no sentir culpa.
Si finalmente no exigí a mi esposa una explicación fue por evitar que me apuntara con los ojos mientras arruga la boquita y después, mascullando algo entre suspiros y ayes terribles, mascullara algo entre dientes y expulsara un ignominoso “nada”, ademán que por otra parte me sulfura. Conozco el enojo de mi mujer y estos gestos acrecenta mi ansiedad y mi irritación porque es su manera de protestar: “¿es que acaso no te das cuenta? ¡Eres un elefante!”

Un elefante en el salón, Alcestis Logoi

Nada hoy

In: relatos

23 jun 2010

0
Nada hoy.

1
El aburrimiento. El aburrimiento que me lleva a emplear un día entero en ver El Mago de Oz. Hay algo kitsch en El Mago de Oz. La sexta o séptima vez que la vi ese día, traté de encontrar algún gesto o símbolo que premonizara el fin de Judy Garland. Solo tenía trece años.

1
El aburrimiento. También es kitsch y anticuado llamar ‘kitsch’ a El Mago de Oz. El aburrimiento es ¿kitsch? Fui consciente de ello la octava vez que vi la película el mismo día. La decimotercera vez estaba amaneciendo. Lo dejé ahí, aunque pude haber aguantado otro visionado. No trato de ser un héroe. No es eso. Desde que descubrí, en el octavo visionado, que El Mago de Oz era un cliché, me sentí tentado de dejarlo de una vez por todas y no disfruté, en realidad, de las sesiones restantes. Inclusó cabeceé un par de veces. No entendí muy bien la película. ¿Cuál es el asunto, cuál es la trama? Es un insulto, ¿un mensaje a la Humanidad? ¿Está Judy Garland riéndose de sus compañeros? ¿Del hombre sin cerebro, el hombre sin corazón, el hombre sin alma? ¿Por qué separar cerebro, corazón y alma? Judy Garland se ríe de los tres hombres, porque ella tiene corazón y cerebro y unos zapatos brillantes, y ellos se humillan ante ella. ¿Está Judy Garland riéndose de la Humanidad, a través de esos tres hombres? Pensar en ello me sulfura. Hay un hombre disfrazado de león. Casi me pongo a llorar.

2
Hoy había una carta en el buzón. Era de un psiquiatra al que acudí hace cinco años por el asunto del insomnio. Fui a un par de sesiones, me recetó algunas pastillas, no funcionó y dejé de ir. Le había pagado por adelantado dos meses pero no volví. La secretaria no llamó para reembolsarme el dinero: supuse que no había tomado bien mis datos. No es exactamente una carta del psiquiatra, es una carta de publicidad para que vaya al psiquiatra. Qué curiosidad, saber cómo es la publicidad de un psiquiatra. ¿Cómo promocionarse? La abrí con mucho interés, luego lo perdí y lo tiré: se dedica casi por completo a adolescentes y a adicciones. Será frustrante para él: el mismo problema, una y otra vez, con caras distintas. El mismo adolescente con el mismo problema: ser adolescente. Ser sí mismo. Los demás problemas me parecen ridículos.

Nada Hoy, Clariste Yuri

Hoy he soñado que, harto de mi trabajo en la oficina, le pedía a un compañero que me disparara en la nuca. Yo me encargaba de hacerme con el revólver y las balas, de encontrar la sala donde procedería a mi ejecución y a preparar todo el ritual de acuerdo a lo que yo entiendo que se corresponde con una ejecución militar. No quería que me matara en un rincón de la sala de aire acondicionado: era justo que si iba a morir lo hiciera con algo de rigor marcial. Dos compañeros se ofrecieron de testigos y me preguntaron si quería vendarme los ojos. Respondí que no. Nos encerramos en la sala, me di la vuelta y mi compañero disparó dos veces.

Las dos veces me alcanzó. Pero no en la nuca, sino unos centímetros más abajo del cuello. Mi compañero es católico y por eso se veía incapaz de darme muerte solo porque yo se lo hubiera pedido. Volvimos a nuestros puestos y continuamos con nuestra labores insustanciales. Yo me lamentaba de la elección del matarife y levantaba suspicacias contra él. Las dos balas se habían alojado cerca de la columna vertebral y ahora sufría unas punzadas terribles en las cervicales. Temía que el cirujano que extrajese las dos balas tocara algún nervio de la médula espinal y quedara inutilizado de por vida.

Ya por la tarde, dos agentes de la policía me visitaron en mi puesto. Me preguntaron por el tirador y yo, por supuesto, encubrí a mi compañero. Les hablé de la inutilidad de mi puesto, del malgasto de tiempo que hacía la empresa conmigo y de mis deseos de escapar de esa situación. Los policías apuntaron todo esto con un aire de compasión y me preguntaron varias veces por mi compañero, el pusilánime. Lo negué todo y ellos aceptaron mi respuesta. Se marcharon y no dijeron sin tomarían medidas. Volví a mi escritorio y continué con lo que estaba haciendo hasta entonces, soñando con la posibilidad de una muerte menos rocambolesca.

Nikolay Yazoben, Los sueños

Un barrio

In: relatos

1 jun 2010

—¡Papi, papi, que el Miguel se ha matado!
Y volví a la habitación a la carrera, con mi padre pisándome los talones.
—¡Mira! —le dije.
Mi hermano seguía allí, con la lengua fuera como un ternero degollado, los ojos en blanco y las rodillas flexionadas para evitar hacerse daño en el cuello. Es genial mi hermano, algún día será actor y nos sacará a todos del hambre y de estas ocurrencias peregrinas. Mi padre me miró, luego a mi hermano, luego otra vez a mí y me lanzó un galletón que esquivé porque ya tenía la experiencia con mi madre; mi hermano, como tenía los ojos en blanco y además estaba atado a la litera no vio a mi padre acercarse y recibió un galletón doble, una por hacer el indio y otra porque yo me había librado del mío. Mi hermano dio varias vueltas sobre sí mismo y se zafó de la soga raudo para esconderse en un rincón, al tiempo que mi padre salía del cuarto echando humo por la nariz. Le oímos cantar «gol» cinco minutos después.

Un barrio, de Un hombre cae de un edificio

Finalmente, “alimentada por el fuego que él encendía bajo sus pies”, según lo describía Suzuki, los clichés y estereotipos se transformaban en momentos auténticos, personales y expresivos y al final, con el estímulo adecuado, se encendía y, con su brillo y su envergadura, eclipsaba a todos los que tenía a su alrededor.

Anne Bogart, sobre el estereotipo en La preparación del director

Durante los ensayos para El caso de la mujer asesinadita se nos hizo trabajar muy duro a los actores que componíamos el núcleo de la obra para evitar que cayéramos en el cliché. En aquel momento pensaba que la intención de la directora era evitar, en la medida de la posible, los atavismo y maneras que series de televisión o películas españoloides podían haber vertido en nuestra memoria y nuestra gesticulación. Quiero detenerme un poco más en eso.

Una de las piezas centrales del número que estamos preparando consiste en una disputa por un vestido entre tres amigas. Una de ellas, la más insegura de las tres, se presenta en la casa que comparte con las otras dos, con un nuevo vestido. La más pícara la recibe con adulaciones exageradas y la tercera, mucho más pesimista, trata de ignorar el asunto y se obceca en protestar por las dificultades que tiene para encontrar ropa. Las conversaciones giran en espiral hacia la posibilidad de que las otras dos se compren el mismo vestido, decisión que fastidiaría a la primera. Después de un par de llamadas y algunas conversaciones disparatadas, las dos chicas por así decirlo más débiles abandonan la idea de usar o comprar el vestido y la chica más pícara consigue “ganarse” el derecho a llevarlo. Los tres personajes son clichés bastante estúpidos, aunque la historia es entretenida. Para bordear la demencia, uno de los personajes es representado por un actor. Bien.

No es tan fácil hacer funcionar un estereotipo, sobre todo en escena. Cuando nos pusimos a ello no existió ni una sola nota, ni un solo gesto, ni un solo gag que funcionara. El cliché estaba ahí, lo que estaba sucediendo en ese despiece exagerado entre adolescentes lo habíamos visto todos cientos de veces y lo habíamos oído muchos más. Y a pesar de todo nos seguíamos riéndonos. Pero en aquel momento no.

Apunto ideas que me ayuden a definir un estereotipo:

  1. Una imagen mental que me proyecto sobre un colectivo delimitado arbitrariamente. Por ejemplo, chicas de una determinada edad: competitivas, acomplejadas, inseguras.
  2. Una imagen mental creada y compartida por una comunidad: las mismas chicas, las revistas femeninas, los consultorios amarillos.
  3. Una imagen mental que exagera los defectos y minimiza las virtudes o las convierte en inservibles o en dañinas: la falsa modestia, la envidia exagerada, la suspicacia.

Apunto estas ideas y comienzo a comprender porqué no es tan sencillo representar un cliché. El sujeto de todas las ideas es el mismo: “una imagen mental”. Es en el predicado, en los adjetivos, en las propiedades de esa imagen donde la defino. Una imagen es un concepto, es algo abstracto e inasible que conservo en mi mente y de la que me valgo para ordenar o al menos tratar de impedir que el mundo, tal y como lo concibo, no se convierta en mi cabeza en un magma de fragmentos incoherentes. La imagen o el concepto me ayuda a organizar lo que conozco, a darle una unidad y después mi inteligencia me dará la capacidad para detenerme a estudiar sus particularidades. Pero el teatro no funciona con ideas: funciona con personajes, con acciones y con conflictos.

Funes, el memorioso, famoso personaje de un cuento de Borges, era incapaz de manejar abstracciones porque lo recordaba absolutamente todo,

No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico ‘perro’ abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).
[...]
Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

Cuando ensayábamos El caso de la mujer asesinadita luchábamos contra el cliché porque los estereotipos que representan los personajes de Mihura no existen, no al menos para nosotros: la obra fue escrita en 1946 y en nuestro imaginario de actores nacidos a partir de los ochenta e incluso los noventa, no tenemos un esquema o un modelo del que servirnos para representar a una sirvienta o una señorona que no puede divorciarse de su marido: para nosotros es absurdo. Tenemos otros clichés, eso sí, pero por honradez no podemos aquilatarlos a la obra de Mihura y generar una versión bastarda, modernizada de la pieza. Ésos era los clichés contra los que luchábamos, los nuestros. Teníamos que actuar como el filólogo clásico, descifrando una lengua muerta solo con pistas, con frgamentos, eligiendo o descartando los contextos en los que una palabra nos habla de una cosa o de otra: ¿hasta qué punto que la mujer tuviera un amigo era insultante para el marido? O si estar enrollado con la secretaria era tácitamente consentido.

Después de tres ensayos fracasados, de tratar de que los actores crearan una psicología del personaje y lo enriquecieran con sus propias experiencias, el comienzo de la salvación vino dado por un juego. El juego consistía en representar la pieza de un tirón con un hándicap: cada vez que uno de los actores hablara debía tener en su poder una vela. Esa vela le servía como báculo con el que poder hablar; sin él, debía permanecer mudo. Por supuesto, solo había una vela y la escena debía correr con fluidez, luego los actores debían permanecer atentos para pasar el báculo/vela y así, el personaje de su compañero podría hablar con pleno derecho. Aunque al inicio de la representación los actores se torpedeaban unos a otros, conforme se fue desarrollando ocurrió lo que yo llamaría el efecto karaoke. Los actores conectaron con su cliché y empezaron a jugar con él: así como no hay cantantes de karaoke como tal basta que un tipo se ponga a cantar y a hacer el ridículo para que el resto de los asistentes del bar lo tomen como modelo y se animen ellos mismos a cantar y a pretender hacerlo mejor. Estos últimos serán observados por los que ya cantaron anteriormente o por los que aún no se animaron, convirtiendo el karaoke – aderezado con alguna que otra cerveza – en una orgía bizantina en las que por desgracia todo tenemos experiencia. El mecanismo fue idéntico para la pieza del vestido: en realidad, el cliché de la chica era válido para los tres personajes: joven, guapa, insegura, etcétera. Eso era lo que los tres actores tenían en mente: tener que disputarse el derecho a la voz y a validar su personaje por encima del resto, a distinguirlo fue lo que disparó el ritmo e hizo sentir más cómodos a los actores en sus papeles.

¡Solo falta que se lo aprendan de memoria!

El texto no funciona.

Lo hemos aprendido, lo hemos ensayado y los golpes de efecto son resultones. La disposición de los elementos está cuidada, los movimientos de los actores son precisos, amplios y muy graciosos. Los diálogos se entrecruzan como balas disparadas con un rifle de alta precisión. Los actores, además, están encantados y muy cómodos con sus personajes, les añaden nuevos gags, expresiones y giros rocambolescos que no se indican en el papel y que lo convierten en una pieza muy digna.

Pero el texto no funciona.

Un hombre entra en un apartamento, lo recibe una mujer (una prostituta) que le sirve una copa y comienza a darle charla; el hombre está nervioso y sus palabras suenan atropelladas y forzadas. La mujer sabe cómo controlarlo y hacer que se relaje. Entablan una conversación frugal, el hombre le pregunta de dónde es, cuánto tiempo lleva fuera de casa y la prostituta se siente incómoda, así que le apremia a que pague por el servicio y comiencen. El hombre se levanta demasiado rápido y tira la copa, la mujer se agacha y limpia el estropicio. Se le insinúa desde esa posición. El hombre, excitado, deja el dinero encima de la mesa, la prostituta, que se sabe todos los trucos, se da cuenta de que el dinero no es el que habían acordado y así se lo hace notar. El hombre de tan caliente que no responde con coherencia y comienza a argumentar que él pensaba que era menos dinero. Empiezan a discutir acerca del precio y el hombre rebusca en sus bolsillos y varias monedas caen al suelo. Insiste, la mujer se niega. El hombre, desesperado, busca por el suelo y le entrega toda la chatarra; la mujer, harta del asunto, le invita a irse a de la casa. Pero el hombre no quiere, discuten y el hombre argumenta, finalmente, que el precio inicial acordado es demasiado caro y que la prostituta le ha timado: es más vieja de lo que anunciaba y no le gusta la habitación: es poco seductora. Hasta aquí, el origen.

Existe un lema en la escritura dramática que reza así: “En la comedia, los personajes sufren mucho. Si sufriesen un poquito más sería tragedia”. El texto, que podría valer para un muy potable vodevil televisivo (un “Escenas de matrimonio” con componente social) en teatro cómico no pasaría por ser algo más que una piececita ligera, perfectamente olvidable.

Los dos errores (o más bien faltas) son, a nuestro juicio:

a) Aunque existe un conflicto más o menos definido – el precio/calidad del servicio – a ninguno de los dos personajes parece penetrarles lo suficiente y, de hecho, les resbala un poco: ¿Por qué no se marcha el tipo, si tan poco le gusta la prostituta? ¿Por qué permanece? ¿Qué hace que la prostituta no le expulse inmediatamente? Debe haber unas intenciones que tienen que emerger: por ejemplo, que la prostituta necesite el dinero, o le guste el tipo, o le parezca gracioso o lamentable; que el hombre, además de cachondo, quiera conocer a la tipa, quiera conquistarla o la desprecie y desee sacar el máximo provecho con el menor dinero.

b) No hay sentido de urgencia. Leída un par de veces, parece que la escena puede alargarse hasta el infinito: de hecho, una vez harta, la chica finge calentarle y cuando van a llegar al acto, la chica se detiene y dice: ya ha pasado el tiempo. Después le devuelve el dinero y el hombre protesta porque cree que la prostituta le ha robado parte del montante que le había dado antes. El acto podría seguir eternamente: el hombre consigue reunir el dinero, la mujer no lo acepta, el hombre se cabrea y blablablá.

Se hace necesaria la introducción de un elemento de urgencia en el asunto: algo que apremie a los dos personajes a conseguir sus objetivos. ¿Cuáles son esos objetivos? Esa es la primera parte a currar: ¿Qué quiere un cliente que regatea con una prostituta? ¿Qué quiere una prostituta que permite a un cliente regatear?

Estos son los finísimos hilos que seguir para hacer que el texto funcione.

Fingía que no lo esperaba, que no lo deseaba, pero tras la ruina de una de nuestras obras de Mihura ha surgido la posibilidad (o más bien la realidad) no solo de representar mis textos sino además de dirigirlos.

Dos años atrás, en 2008, me uní al grupo de teatro Rotos y Descosidos en Alcalá de Henares. Ya había participado en alguna que otra actividad relacionada con el teatro, en concreto, en un curso semestral de introducción a la actuación en Dublín. Encontré dos motivos para volver a pisar las tablas en Madrid: la primera, reservarme una lamentable excusa para no malgastar los sábados por la noche (los ensayos se llevaban a cabo los domingos por la mañana) y la segunda, acosar a la adolescente que me había invitado a unirme. Con qué intenciones me empujó al grupo, nunca lo sabré: la adolescente abandonó Rotos y Descosidos al poco tiempo, por voluntad propia.

Hay pocos grupos de teatro en Alcalá de Henares y la mayoría tienen solera: Maru-Jasp, TELA, TIA entre otros, han representado más allá de la Complutum. Rotos y Descosidos, como tal, no tenía apenas nombre: un par de vídeos en Internet, algunos trabajos de la directora en festivales cine. Uno de los vídeos mostraba un ensayo de Roberto Succo, de Bernard-Marie Koltès. Me bastaba.

El primer día de ensayos dejé claro mi propósito: aprender. A los tres meses se me otorgó mi primer papel: Lorenzo. Dos años después, más de cincuenta ejercicios dramáticos, una obra de teatro fallida (El caso de la mujer asesinadita, de Miguel Mihura) un corto y un film me toca a mí llevar al grupo a su primera representación desde que entré. Con textos de un autor desconocido, miembro de Rotos y descosidos. Bien.

A pesar de lo colosal que pueda parecer la tarea de escribir un texto dramático o cómico, la verdadera labor reside en hacer que funcione en una escena. De un texto se pueden eliminar escenas enteras sin que interrumpa el flujo dramatúrgico, el desarrollo de su trama: las expresiones fáticas, las repeticiones de preguntas ( – ¿Qué has dicho? – ¿Que qué he dicho? – Sí, que qué has dicho ) son muletas que sirven para que el proceso de escritura no se anquilose, no quede estancado por la falta de inspiración. Una vez llevado a lo oral, esta suerte de disparos dialógicos enrarece la escena y hay que suprimirlos o modificarlos. Como digo, éste no es el mayor problema.

El mayor problema consiste en dirigir a los que han sido tus compañeros después de dos años. Dirigir no consiste en que los actores acometan, con mayor o menor fortuna, las instrucciones que les vas a recitando sino también y sobre todo, en censurarles. Un vicio gestual, como una mano que cuelga inoperante mientras se recita un verso que requiere mayor energía corporal; una voz que no llega al final de la sala o queda dormida en la garganta del actor, no pueden permitirse y ahí es donde ya se entra en un conflicto. Como actor uno aprende a convivir (actuar) con las idiosincrasias de cada uno de sus compañeros, porque así aprende a comulgar con las propias: éste encoge demasiado los hombros, aquella cruza las piernas, ésta exagera la emotividad, yo muevo en exceso las manos. Sin embargo, desde el otro lado del escenario, todos estos movimientos o vicios escénicos siegan la fluidez de la escena: estoy más atento a cómo esos gestos me distraen, que a lo que está ocurriendo.

Si a un actor convertido en director se siente incómodo en el traje del que da las órdenes, más extraño le debe parecer al actor ver que uno de sus compañeros adquiere esa responsabilidad. La comunicación cambia de geometría: para saludarnos como actores, nos damos las manos y nos abrazamos; como director y actor, se trata más bien del beso en la frente.

Os dejo con uno de los poemas que vamos a representar y que ensayaremos el viernes que viene. Os contaré entonces cuál es mi plan maestro para llevarlo a escena.

El arte del autoengaño
Hoy he soñado
con un perro salvaje
que portaba un cuchillo
en su mandíbula
y entraba en el bar
donde estaba con mis amigos
y, uno a uno,
los arrastraba fuera.
Yo gritaba, yo decía a los otros
que hay un perro en mi sueño
que nos comía a todos
uno a uno,
uno a uno.
Y el perro se los llevaba
y cuando me encontré solo en el bar,
el perro me miró
y no protesté.
Ellos no protestaron.

A veces pienso
que somos los niños
que juegan sin dinero
en las máquinas recreativas
de los bares,
el epiléptico mensaje ‘insert coin’
en la pantalla.
Sabías los movimientos del héroe
sabías cuando aparecían los enemigos
y los tesoros;
a quién disparaba ,
y aún así
agitabas los mandos
y golpeabas los botones
como si en efecto jugaras
como si en efecto
existiera la posibilidad
de tomar el control
del juego.

El precio acordado

In: teatro

25 may 2010

PROSTITUTA ¡Lárgate de aquí o llamo a la policía!
CLIENTE (Pausa) Si tu llamas a la policía, yo llamo a la asociación de defensa del consumidor.
PROSTITUTA ¿Cómo?
CLIENTE Si tu llamas a la policía, yo llamo a la asociación del consumidor. Y te denuncio por timadora.
PROSTITUTA ¿Por timadora?
CLIENTE (Pasea por la habitación) La foto que pusiste en internet no refleja tu edad actual, así que es un engaño. Es, por lo menos, de cuando hiciste la primera comunión. Y la decoración es terrible, no es nada seductora. Mira qué cortinas, ¡dios! Parece que estoy en una pollería. Y la iluminación es muy fuerte: deberías cambiarla…
PROSTITUTA ¿Que la foto…? ¿Que las cortinas…? Pero, vamos a ver, vamos a ver un momento que me aclare, porque esto no me ha ocurrido en la vida. Tú… ¿A qué vienes aquí? ¿Vienes a joder…? ¿Vienes a lo que vienes o vienes a darme un sermón sobre gestión empresarial?
CLIENTE ¡Y estirate un poco más con la ginebra en las bebidas! ¡Que estás cobrando sesenta euros por media hora!
El precio acordado, Jules Travl

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Este es el blog de Raúl Quirós Molina, autor de varios libros de poesía y en proceso de publicación del libro de relatos Un hombre cae de un edificio También mantiene el blog de humor Mugu