Archive for reflexiones

Prouyecto: Elegir a las personas.

Se buscan: correctores críticos, correctores ortotipografícos, maquetadores, ilustradores, expertos en e-marketing, dominios .es, expertos en notas de prensa y gabinetes de prensa, papeleros, masajistos, psicólogos, actores, videocámaras, espacio web. Algún relaciones públicas. Cocinero. No tomar zolpidem después de las doce. Traductores al francés y al inglés.
Se necesitan lectores.
Se necesitan lectores.

Todo necio confunde valor y precio

¿Se descargaría usted un libro de un autor desconocido, publicado bajo licencia Creative Commons de manera gratuita?
Mejor aún: ¿se descargaría un libro gratis de un autor desconocido, (auto)publicado bajo licencia Creative Commons y se lo leería?
Mejor todavía: ¿se descargaría un libro de un autor desconocido, (auto)publicado bajo licencia CC y si le gustase se compraría el LIBRO en papel?

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Mediados del año de 2009. Hace cinco años que se publicó “El malestar al alcance de todos“, de Mercedes Cebrián. Un tipo acude a una librería física (es decir, no a un página web donde venden libros) y solicita “El malestar al alcance de todos“. Pasa un mes. El librero llama al comprador y le dice que el libro está agotado, pero que puede conseguirle otro título de la autora. El comprador se disculpa y le espeta que si él va al frutero a por naranjas, quiere naranjas, no espárragos.
El tipo acude a una página web donde venden libros. Llena su carro de la compra con algunas novedades y recomendaciones e idioteces, y encuentra, para su sorpresa mayúscula, “El malestar al alcance de todos” de Mercedes Cebrián. Lo añade y al cabo de un mes, la librería le manda un correo y le dice que el libro está agotado (aunque en la página web indicaba “disponible”). Pero esta operación se repite con otras páginas web donde venden libros. Al final, el comprador envía un correo a Mercedes Cebrián y le cuenta la historia. Mercedes Cebrián, muy atenta, responde casi al instante: el libro está agotado, a ella solo le queda una copia y la editorial ha prometido realizar una segunda edición. El tipo se encuentra tentado de pedirle unas fotocopias del libro, pero asume que eso ofendería a la autora, y le da las gracias por su amabilidad. El tipo se conforma, a partir de entonces, con los otros libros de la autora y los relatos que va encontrando por la Internet.

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Un autor envía un manuscrito a varias editoriales. En menos de un mes contestan dos. Una, sita en Castilla y León, dedica una línea del correo electrónico de respuesta a alabar el libro y cuarenta a explicar que debe apoquinar 3000 euros para la edición del libro. La otra, con sede en Madrid, promete más o menos lo mismo, pero por 900 euros. Prometen contrato, presentación y contactos. El libro sale. Sale TAL CUAL, es decir, con las erratas, con la misma maquetación, tipo de letra, sangrías, del documento que el autor pasó a la editorial. Un suplemento pide el libro a la editorial. Ante la respuesta inexistente del editor, escriben al autor. El autor les cede un libro. Se publican varias críticas al libro en Internet, siempre gracias a ejemplares cedidos por el autor. El libro resuena. El autor contacta con la librería Bertrand y la responsable se encuentra encantadísima con el libro. La librería Bertrand contacta con la editorial. La editorial no responde; Bertrand contacta con el autor y éste, cansado, se encoge de hombros.

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Un traductor desconocido traduce por su cuenta Shopping & Fucking, de Mark Ravenhill. Solo hay una traducción al castellano, publicada en una revista de teatro de hace diez años. El traductor contacta con Perico De Los Palotes, el autor de dicha traducción, que ofrece todos los recursos disponibles al novato para que la traducción se lleve a cabo, incluso su teléfono móvil particular. El traductor desconocido contacta también con otro traductor y dramaturgo argentino, Juan Tenorio, que no sólo ha montado varias piezas de Ravenhill sino que tuvo la fortuna de conocerle y trabajar con él. Está aún más encantado con la idea: le ofrece el teléfono de su agente en Argentina. El traductor desconocido escribe a una sociedad de gestión de derechos ESPAÑOLA. Una señorita contesta, en un tono entre asustado y amenazante, que no sólo no gestionan los derechos de esa autora, sino que, por favor, no mencione ni relacione a la sociedad de etc. con las posibles acciones que el traductor desconocido realice con su traducción. El traductor desconocido escribe entonces al agente en el Reino Unido acerca de los derechos para que la obra se represente por un grupo amateur en una ciudad de provincias. La respuesta es tajante e inglesa: NO Y NO SIGA POR ESE CAMINO. El traductor se pone en contacto con editoriales españolas que publican teatro. Escribe correos electrónicos, llama por teléfono pero siempre hay mucha vaguedad en todo el asunto. El traductor escribe entonces a otro traductor con más trabajos a sus espaldas y el traductor le dice: así es la vida.
En toda esta historia, nadie leyó la traducción.

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Un poeta quiere traducir a un famoso autor irlandés, todavía no vertido al castellano. El poeta escribe al hijo del autor. El hijo del autor está encantadísimo con la idea, porque su padre (muerto hace una década) siempre amó España y está muy presente en su poesía. Le envía todos sus libros y recopilaciones y la dirección de la editorial propietaria de los derechos. La editorial inglesa aplaude la idea. El poeta busca subvenciones de traducción dirigidas A EDITORIALES, escribe un correo a una profesora especializada en el autor, para obtener más documentos y comienza a traducir los libros más relevantes del autor irlandés. Certifica que la traducción va por buen camino con otros poetas y traductores. Escribe un dossier a varias editoriales, proponiéndoles la edición del libro, incluyendo las bases de subvención proporcionada por el gobiernos irlandés, que cubriría la mayoría de los gastos. Escribe de nuevo a la profesora. Escribe de nuevo a las editoriales. Escribe a la profesora. Escribe a las editoriales. Escribe a la profesora (ya catedrática). Escribe a las editoriales.
Dos años después la profesora (ahora catedrática) publica un artículo en una revista sobre poesía acerca lo indignante que resulta que autor irlandés de prestigio internacional nunca haya sido traducido al castellano, e incluye traducciones propias de un par de poemas, tras una parrafada sobre cómo el autor y ella recorrían en coche las llanuras de Castilla en los años ochenta, ebrios.

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Un autor termina un libro de relatos. Escribe a varias editoriales. No, escribe a diez editoriales y a dos agentes literarios. Todos de corte independiente. En todas se especifica que admiten originales no solicitados. El autor escribe tratando de confirmar que la información de la web no está obsoleta y si admiten originales por correo electrónico, al tiempo que se le envía una sinopsis más o menos detallada de lo que incluye el libro. Tres editoriales no poseen siquiera un correo electrónico funcional: los e-mails rebotan o replican que la dirección no existe. Una cuarta devuelve una dirección postal a la que enviar el manuscrito. El autor la envía y a la semana recibe una carta de la editorial confirmando que está en proceso de lectura y que tardará entre 3 y 6 meses en dar una respuesta. Otra pide el manuscrito y la obra anterior, el autor lo envía todo en un sobrecito marrón y a la semana recibe una carta tipo indicándole que no tienen tiempo para leerla y que el cupo de edición está cerrado hasta 2012. Las otras editoriales independientes mencionan la palabra “crisis” en sus correos y parece bastar. Otra editorial le anima a enviar el original a uno de sus concursos, afirmando que son limpios, aun cuando en las tres últimas ediciones han sido concedidos a autores que ya habían publicado anteriormente en la misma editorial. La última editorial, que afirma funcionar sin subvenciones ni concursos, le contesta que todo está muy mal, pero que vale, que puede enviar su manuscrito.

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Un autor, después de dos años de duro trabajo, publica un libro de relatos en una editorial pequeña de provincias. El libro es magnífico. La editorial hace todo lo que puede por conseguir que el libro salga adelante. Envía el libro a suplementos de cultura nacional y locales, sin respuesta.
El autor contacta con varios blogs de “repercusión nacional”, quienes piden el libro y el autor los paga de su propio bolsillo. Espera pacientemente una respuesta. La espera. Incómodo, escribe a uno de los blogs: sí, han recibido el libro. Esa es toda su respuesta. Escribe a otro blog. Explica que no tienen tiempo, que están saturados . Otro blog replica que han dejado de recibir la subvención del ayuntamiento de turno y que sin eso no pueden escribir. Por fin, uno de los blogs se refiere al libro: habla de lo mal editado que está, de la voz demasiado imberbe del autor, de la impaciencia por publicar y alarga el post hablando del nuevo grupo de música que escucha en su iPod. El autor está encantado. Guarda la reseña en su cartera y la muestra con orgullo a sus amigos.

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La Humanidad

Sale cuando corrijo relatos:

Consultorio

- Oye, ¿tú crees en la vida después de la muerte?
- No.
- ¿Y cómo puedes vivir sabiendo que te vas a morir?

[...]

- ¿Tú crees que hay vida después de la muerte?
- No lo sé. ¿Eres cristiana?
- No.
- ¿Entonces?
- Creo que hay unas fuerzas…
- ¿Como en Star Wars?

[...]

- ¿Crees en la reencarnación?
- No. Tú sí.
- Claro. Todos tenemos una vida pasada.
- Vaya.
- Lo que son las cosas.
- ¿Y a mí que me importa?
- Lo que no hiciste en la vida pasada, lo tienes que hacer en esta.
- Supongo que en mi vida pasada no pude ver la tele y rascarme los cojones.

[...]

- ¿Crees en la reencarnación?
- Tal vez. ¿Tú?
- Me da igual, solo trataba de darte conversación.
- Todo eso de la reencarnación es muy bonito, hasta que aprendes matemáticas.
- ¿Cómo?
- Si la población mundial ha ido creciendo exponencialmente, no hay cadáveres suficientes para reencarnarse.
- Puede que te reencarnes desde una mosca o una flor.
- Ya. Te aseguro que los que tienen más fe en la reencarnación no vienen precisamente de una mosca o de una flor. Vienen de animales elegantes o de faraones. Nadie desea venir del lumpenproletariat.
- Lumpen-¿qué?
- Es igual.

[...]

- ¿Crees en Dios?
- ¿En cuál?

[...]

- ¿Crees en Dios?
- Sí, creo en Dios, pero no creo en la Iglesia, ni en el dogma, ni en los curas.
- Entonces no crees en Dios.
- Sí creo en Dios, pero no creo en los curas. Creo a mi manera.
- No crees en Dios.
- Sí, te digo.
- Dios es la Iglesia, el dogma y los curas.
- Creo a mi manera.
- No creo que a Dios le importe demasiado tu opinión. Dios no es una barra de autoservicio, donde uno puede tomar lo que le venga en gana.

[...]

- ¿La vida después de la muerte? No en una vida, como la nuestra, pero sí en nuestra permanencia… Por ejemplo, a través del arte.
- ¿Piensas que uno permanece a través de su arte?
- Sí.
- ¿Qué te hace pensar que tu arte va a permanecer después de tu muerte?
- El arte permanece detrás de la muerte.
- Eso sí que es de una vanidad grandilocuente. ¿Quién cojones te crees que eres?
- El arte…
- El arte, pollas. El arte es un proceso de sedimentación y decantación. No existe la obra de arte pura: todo es una construcción de lo que hemos leído, escuchado y vivido. El arte no es un DNI, personal, único. El arte (una obra) es un edificio donde puede que no seas más que un simple peón de albañilería.
- El arquitecto.
- El arquitecto es el mundo, chaval.

Fracasa

Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Samuel Beckett

Diario de rehabilitación - Día III

- … cincuentaydos semanas por dos días a la semana, ciento cuatro días, a la semana. Ahora tengo treinta años, empecé con dieciséis… Perdone, pero esto es ridículo.
- ¿El qué es ridículo?
- Estas cuentas.
- No importa lo que sean. El ejercicio debe continuar. Le ayudará.
- Treinta menos dieciséis, catorce años. Catorce años por… ciento cuatro…
- No ha contado bien. Debe incluir los periodos vacacionales.
- Dos días más en Semana Santa, unos siete más, tal vez menos en verano… Y cuatro en navidades… ¿Está bien así? El otro día me dijeron que desde que lo dejé…
- Céntrese en las cuentas y después hablará de eso en la terapia de grupo. En total suman ciento diecisiete días por año.
- Ciento diecisiete días por catorce años son… Son… Mil seiscientos treinta y ocho días.
- Ése es el tiempo que has estado bebiendo. Sólo contando los fines de semana.
- ¿Y qué?
- Son casi cuatro años y medio de tu vida.
- Ya sé por dónde va. Es mucho tiempo.
- ¿Tú qué piensas?
- Que sí. Que es mucho.
- ¿Qué es lo que te dijeron desde que lo dejaste?
- Que no era el mismo.
- ¿Y lo eres?
- No sé.
- ¿Lo eres?
- El primer domingo de la primera semana que dejé el asunto, me desperté a las diez de la mañana. Miré a mi alrededor, no había nadie. La habitación estaba ordenada. La ropa sobre la silla. La cocina estaba limpia. Eran solo las diez: yo solía despertarme entre las dos o las cuatro. Tenía cinco horas por delante y sentía vértigo. Desayuné. Internet no funcionaba, así que traté de acostarme. No pude dormir. Pensé en tomar un tetrazepam y dormir hasta el día siguiente.
- ¿Qué hiciste?
- Salir a la calle. Comprar un periódico. Entrar en un bar, desayunar. Pensar en matarme. Llamar a algún colega, pero luego supuse que estarían durmiendo. Llamar a alguna ex, pero quizá también estarían durmiendo con algún colega. En el bar sentí que me observaban.
- ¿Por qué te iba a mirar?
- Se me notaría.
- ¿El qué?
- Que era un extraño.
- ¿Te da miedo tener tiempo libre?
- Llevo catorce años haciendo lo mismo, metódicamente, cada fin de semana. Es difícil no tener miedo.

Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

So long

“A bananafish,” he said, and undid the belt of his robe. He took off the robe. His shoulders were white and narrow, and his trunks were royal blue. He folded the robe, first lengthwise, then in thirds. He unrolled the towel he had used over his eyes, spread it out on the sand, and then laid the folded robe on top of it. He bent over, picked up the float, and secured it under his right arm. Then, with his left hand, he took Sybil’s hand.

J. D. Salinger, A perfect day for bananafish

Diario de rehabilitación - Día II

a) No sabría decirte cuánto fue, pero desde luego no fueron la “puntas” que te pones en un pico del DNI y esnifas rápidolimpiamente. Podría haber sido lidocaína, yo que sé, hubo quién creyó tomar “cocaína uruguaya” y que por eso picaba tanto. La keta es muy rápida tomada en esa cantidad: te desplomas, te hundes en un hoyo y aunque siempre hay alguien empeñado en que te mantengas de pie, no existe lugar más cómodo para el trance que el suelo. No importa que sea alabastro o parqué, incluso el hormigón (en un hangar a las afueras de la ciudad) resultan tan cómodos como un colchón de viscolátex. Tienes la piel cubierta de gomaespuma y te piensas con la fuerza y energía suficientes como para hacer el pino con dos dedos. Lo mejor es la disociación, si es que esperabas la disociación: actúas y hablas normalmente, puedes llegar a discutir temas de relativa profundidad de manera automática con un lenguaje correcto, como si hubieras dejado un pelele en tu lugar mientras que tu única preocupación es pensar cuánta carrerilla debes tomar para saltar desde la terraza del piso en el que estás hasta la terraza del bloque de enfrente, cómo mantenerte en el aire o impulsarte con los árboles que hay entre medias y finalmente qué excusa donarle al sorprendido vecino. En Valencia llegué a pensar que podía trepar por las paredes. Más que pensamientos serios son ocurrencias divertidas: que puedes mantenerte en el aire durante unos segundos o que exudas conciencia(s). Esto último es bastante frecuente: cuentas con más personas de las que realmente hay, por eso tienes la sensación de estar rodeado de mucha gente.

b) Lo cierto es que yo andaba mucho más atenta a B. que a los monólogos de mi chico. Nos pasábamos la guitarra, hablábamos de acordes y canciones fáciles de tocar. Mi chico se levantó, cogió unos poemas y comenzó a revisarlos. Le pregunté entonces si podía leer alguno de ellos en voz alta. Me dejó uno y empecé a recitar, pero entre la keta, el cansancio y que el poema no tenía ni una maldita coma o pausa en las dos páginas que ocupaba, me entraba la risa y puse caras extrañas. Mi chico me arrebató el poema de las manos, lo leyó para sí y después lo tiró al suelo y lo pisoteó. Parece que le molestó darse cuenta de que aquel poema era malo, no sé, me dio un tanto igual. B. y yo continuamos con la guitarra y mi chico fue a preparar más keta.

c) El método de preparación es sencillo: se abre un bote y se vierte en un plato llano. Después se introduce en el microondas un minuto o dos, hasta que se evapore todo el agua. El residuo se raspa con una tarjeta de crédito y se machaca hasta que quede pulverizado. El polvo es muy blanco y muy fino. También hay quien lo bebe directamente: nunca la probé, pero tratándose de un anestésico no me fiaría.

Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

Aquellos maravillosos libros que no debemos leer

Durante aquellos años repletos de pensamiento mágico, tótems, supersticiones inventadas y catarsis que conforman la infancia, mi abuela, imbuida por un sentimiento de responsabilidad sobre mi formación espiritual, tuvo a bien alistarme en los salesianos del barrio para que, llegado el día, pudiera comulgar cristianamente. Solo hice un año de catequesis (lo normal son dos, pero si la endogamia vale con lo terrenal, ¡qué decir de los asuntos de Dios!) y luego la comunión.
La catequesis con los salesianos… Cómo decirlo… Moló. Creamos un periódico o algo así y nos íbamos de excursión. Dios y rezar y todas esas cosas eran un mal menor. Los monitores de las convivencias fumaban y contaban chistes verdes, dormíamos tres en la misma cama y hablábamos de enrollarnos y hacernos pajas.
Mi abuela, exultante por los resultados, me regaló un misalito infantil, perfectamente desechable por lo demás, pero que incluía las enseñanzas de un niño llamado Domingo Savio, que según rubricaba el propio libro, era “savio” de nombre y de espíritu. El niño, a decir verdad, daba escalofríos. No solo obedecía a sus padres y profesores, sino que tenía ataques de ira contra sus compañeros cuando estos se peleaban, fumaban o torturaban animales, es decir, todas las cosas que le hacían a uno niño. En una de esas aventuras, el Savio de Domingo encontraba a uno de sus camaradas leyendo un libro que consideró de carácter inapropiado (no especificaba de qué iba la historia que leía), así que el Savio de Domingo le arrebató el libro, lo hizo trizas delante de sus narices y luego levantando un dedo hacia los cielos soltaba algo así como: “los malos libros envenenan el corazón”
Esta historia se ha repetido hasta la saciedad y la imagen de la pira de libros es ya el símbolo supremo de la ignorancia, la mezquindad y la incultura de una sociedad. Nadie, con algunas lecturas a sus espaldas, promocionaría la censura de libros en virtud de nuestra salud literaria.
Excepto si el censor es un escritor. Por raro que parezca, cada vez hay más y más escritores e intelectuales que des-recomiendan la lectura de ciertos libros. Arguyen, eso sí, no que son perjudiciales para el alma humana, que corrompen nuestra sociedad sino que los libros “son malos” o “no son literatura”.
Una de las mayores frustraciones que he tenido como persona adulta ha sido el de no poder comportarme, siquiera una sola vez, como el matón que zurra a un empollón por sus maneras pedantes, sus aires de superioridad y su espíritu proselitista y condescendiente sobre cómo debe formarse el criterio (i. e. el espíritu) de sus compañeros lectores, quizá porque ¡ay! durante mi infancia yo formé parte o quise formarla de esa élite intelectual y me preocupaba más llegar intacto a casa que tratar de emplumar al empollón.
Ahora sí: el criterio de un lector o, más en general, de una persona se forma no sólo a través de las buenas lecturas o las buenas acciones, sino también a través de las malas; un criterio guiado solo por las buenas lecturas le convierte a uno en un lector parcial, de visión sesgada y segregacionista, en un lector manco o cojo: nunca se ha puesto de parte del malo. Ser escritor está muy bien, pero en realidad es una tarea muy vaga: uno se sienta con una idea y la escribe, allá el resto. Ser un buen lector conlleva un trabajo muy pesado que es el de tratar de descifrar los códigos que un tipo ha puesto sobre un libro, no aburrirse y tratar de destilar de todo aquello algo positivo. Si finalmente lo que lee le parece bueno, quizá sea bueno; si no, seguramente sea malo.

Por eso los ataques velados a la “mala literatura” me recuerdan mucho las historias de censura que el misalito incluía de boca de Domingo Savio, y las ganas de que uno se vuelva el matón que nunca fue reviven.

Por ejemplo en:

Hay libros malos que están muy bien escritos y éstos a la larga son los peores, pues suelen tener muchos lectores que creen que la lectura fácil es la verdadera literatura. Los editores los llaman “literatura comercial de calidad”. Estos libros, más que no acabarlos, lo que se debe hacer es jamás empezarlos.
Santiago Gamboa

En fin, no hay nada especial en esta digamos literatura, y olvídense de que estamos ante un Stephen King o cosa por estilo. Ya puestos, estamos ante un Zafón escandinavo. Aquí el éxito se debe, por si también alguien lo pregunta, a la cantidad de basura que almacena nuestra cabeza y a la ocasión que nos proporciona Larsson de rebozarnos en ella.
Alejandro Gándara

Los premios

Los premiados, en general, parecen ser los primeros sorprendidos. Cuando el dramaturgo irlandés Samuel Beckett recibió por teléfono la noticia de su premio, en 1969, exclamó consternado: «¡Dios mío, qué desastre!». Pablo Neruda, en 1971, se enteró tres días antes de que se publicara la noticia, por un mensaje confidencial de la Academia Sueca. Pero la noche siguiente invitó a un grupo de amigos a cenar en París, donde entonces era embajador de Chile, y ninguno de nosotros se enteró del motivo de la fiesta hasta que los periódicos de la tarde publicaron la noticia. «Es que nunca creo en nada mientras no lo vea escrito», nos explicó después Neruda con su risa invencible. Pocos días más tarde, mientras comíamos en un fragoroso restaurante del Boulevard Montparnasse, recordó que aún no había escrito el discurso para la ceremonia de entrega, que tendría lugar 48 horas después en Estocolmo. Entonces volteó al revés la hoja de papel del menú, y sin una sola pausa, sin preocuparse por el estruendo humano, con la misma naturalidad con que respiraba y la misma tinta verde, implacable, con que dibujaba sus versos, escribió allí mismo el hermoso discurso de su coronación.
Gabriel García Márquez. El fantasma del Premio Nobel.

El desastre se ceba en mí y en este humilde blog.

Laven sus conciencias votando a los otros:

http://www.revistadeletras.net/votaciones/