Archive for cine

El Buen Ladrón, Neil Jordan

El buen ladrón
Director: Neil Jordan
Intérpretes: Nick Nolte, Tchéky Karyo, Saïd Taghmaoui, Nutsa Kukhianidze, Marc Lavoine, Emir Kusturica
País: Francia, Gran Bretaña, Irlanda Año: 2002. Fecha de estreno: 04-09-2003
Duración: 108 min.

Con la ayuda de un imponente Nick Nolte y una inspirada aparición del también cantante Marc Lavoine, Neil Jordan, director también de la potable Entrevista con el Vampiro y la perdonable Michael Collins, monta un film de narrativa clásico de asaltos a casinos, planes conspiratorios y juego, muy en la línea de películas como Ocean’s Eleven. Bob Montagnet (Nick Nolte) es un jugador, experto en arte y heroinómano que desea tocar fondo. Tras salvar a una prostituta, Anne (Nutsa Kukhianidze) de 17 años de las manos de su chulo (Marc Lavoine), su camarada Raoul (Gerard Darmon) le propone robar unas pinturas en el casino de Montecarlo mediante un doble plan para engañar al policía-detective encargado de atraparle, Roger  (Tchéky Karyo). Bob y Raoul preparan el asalto minuciosamente, contando para ello con un elenco de colaboradores de lo más peculiar, un transexual, un ruso que habla atropelladamente el inglés, un pequeño traficante de heroína que les servirá de cabeza de turco… Al mismo tiempo, Anne irá enganchándose más y más al caballo y descubriendo y revelando detalles del plan a quien no debe…

El problema con el film en sí es que, a pesar de seguir los inescrutables caminos de los guiones con asaltos a casinos, museos, Fort-Noxes etcétera, el personaje de Nick Nolte es tan apabullante que desborda cualquier intento de psicología en el resto. La prostituta Anne, aunque tiene sus momentos, queda desdibujada por su mal traída candidez y rebeldía juvenil, convirtiéndose así en una mera justificación para dar continuidad a la acción. Los ladrones, por contra, rozan el ridículo por lo estereotipada que resulta su construcción (los gemelos que hablan alternativamente sin perder el hilo del discurso, el transexual forzudo con miedo a los insecto). Y el final resulta cuando menos incomprensible: queda muy en el aire cuál es el verdadero papel de Bob en todo el asunto, si el desconocimiento del resto del equipo del plan es premeditado o no y qué pinta la joven prostituta en todo el asunto del robo.

La película, al parecer, es un remake (además de una pasarela de cameos, con Ralph Fiennes, Marc Lavoine, Kusturica, etcétera) de Bob, Le Flambeur, dirigida por el solvente director de cine de la nouvelle vague Jean-Pierre Melville, quizá se pueda hallar aquí la razón de la cojera de ciertas partes de una película, que como poco, resulta entretenida.

Haneke en potencia, Fritzl en acto.

Hace algunos meses, mi cosmovisión netamente gafapastil/gafapastosa me hubiera llevado a defender al enfant terrible Haneke como la cumbre del cine angustiexistencial indie, de no ser por la aparición en escena (no está de más recordar que la TV es un cine en sesión continúa, con la mala suerte de formar también nosotros parte del espectáculo) de Josef Fritzl, ese vejete tan gris que encerró durante 24 años a media familia en el sótano de su casa.

Dada la monstruosidad netamente humana del acto en cuestión, es hora de enterrar por siempre a Haneke: difícilmente se puede llegar a reflejar en la pantalla un extremo tal de crueldad sin caer en lo gore y lo absurdo. ¿Qué se hace después de 24 años sin apenas ver la luz del día? ¿Cómo siente uno que las cosas que veía a través de la televisión tienen una existencia corpórea, táctil, olorosa? ¿Son, después de las cuatro paredes del zulo, vertiginosas las avenidas, los bulevares, los cafés poblados como mareas ruidosas, llenas de humo, de gente? En El Séptimo Contiente, una familia siente el mundo de afuera como su particular prisión y por eso se encierran en casa para deshacerse de lo que los define: muebles, teléfono, dinero. En Caché Auteuil está prisionero de la culpa más inocente: la de los pecados de la infancia.

Pero como siempre, me intrigan las razones del lobo. ¿Cuál es la sensación de pérdida después de que sus esclavos ganaran la libertad, la de un padre, la del tirano, la de un preso de su propia obsesión? ¿Dónde queda el lugar del lobo sin todo lo que lo convierte en lobo?

Hoy no hay canción para esto.

Todo el mundo habla de La Soledad

Hablemos claro: a poca gente le gustará esta película. En primer lugar porque emplea un lenguaje narrativo al que el espectador español no está acostumbrado y en segundo lugar porque la puesta en escena de ese lenguaje en pantalla es un ejercicio hiperrealista tras el cual que apenas quedan trazas o distancia entre lo que sucede a un lado y a otro de la pantalla. Lo que ocurre allí, ocurre aquí, verbatim.

Por eso, y porque las historias son vulgares de puro común (peleas por un piso, cáncer, separaciones) Rosales se detiene en lo banal desde una mirada petrificante y avasalladora: el espectador no debe enfrentarse sólo a la tensión dramática una escena, sino también a lo que ocurre en los bastidores. La mirada del voyeur, no trata de seducir al personaje ni al espectador, quiere hacerlos uno y que compartan la miseria.

En La Soledad se ve al Rohmer de los Cuentos, al Haneke de las primeras películas e incluso al Guerín de En construcción: planos largos sin movimiento, historias abiertas, ausencia de música ambiental, conversaciones fútiles pero que dicen más de lo que callan (en la película de Rosales, el dinero es un elemento “sospechoso” de separación). Y sin embargo, vale.

¿Por fin nos dan una alegría los Goyas? Ahora sólo falta echar a Santiago Segura, José Corbacho, El Gran Wyoming, etcétera, etcétera de todo lo que huela a celuloide. Por ejemplo , mandándolos a Inglaterra a hacer una película sobre misterios y crímenes, o crímenes de misterio, o misterios con crímenes. Con Álex de la Iglesia.

@import url(http://skreemr.com/styles/embed.css);

Gidon Kremer - Soledad
Found at skreemr.com

Cine y sentimiento

Estos últimos días he estado viendo películas que, por su formato o su duración, se alejan de lo que vendríamos a llamar cine al uso; entre ellas están Shoah de Claude Lanzmann o Dekalog, de Kieslowski.

Conforme voy añadiendo nuevas películas a mi filmoteca mental, más me percato de la importancia que el sentimiento tiene en el cine y, en general, en cualquier obra de arte. Parece banal decirlo, pero en un arte donde la masacre nazi ha sido tratada desde tantos puntos de vista (sentimentaloides, verosímiles, falsos, humanos, descorazonadores) parece que el espacio para crear emociones se va angostando hasta arriesgarse a quedar reducido al cliché. Sucede en la novela. Uno ya no puede abrir un libro que trate de la Guerra Civil sin que le sobrevenga un hastío formidable y una curiosidad malévola por descubrir en qué capítulos el autor se regodea en los estereotipos más quemados; especialmente si el lector ya se ha metido entre pecho y espalda unas cuantas novelas de éstas.

Al cine oscarizado de Benigni, Spielberg, Polanski et al. ya había contestado algunos años antes Claude Lanzmann y, a mi entender, cerrando el tema: nueve horas de entrevistas con los buenos, los malos, los que colaboraron y los que no. Sin tanques, sin imágenes de documental, sin banda sonora, sólo la cámara y los testigos. En la actualidad, el cine comercial e independiente va más del lado de los malos: Moloch de Sokurov, La caída de Hirschbiegel; en fin, ¿qué realizador español o extranjero será el primero en dar el paso y contar una historia desde el lado “humano” del nacional-catolicismo?

Si los medios no dan el sentimiento, el sentimiento tendrá que llegar de otra manera. A través de un guión sensato, unos personajes reales; en fin, por medio de la honestidad. Y ahí podemos entrar en juego el resto de los mortales, los que no tenemos una productora dispuestos a pagarnos un viaje a Treblinka: tú, yo, él. Como el corto de abajo. Que alguien me diga que no es una monada.

Cuando la crítica no vale

Pongamos que vas a ver una película de John Carney. Y pongamos que la historia trata de un músico callejero que canta letras ñoñas a su ex-novia que era una golfa y se ha ido a vivir a Londres, y que en una de sus actuaciones improvisadas en la rúa se encuentra con una inmigrante checa quien, a pesar de ser una virtuosa de Mendelssohn se gana la vida vendiendo rosas a los viandantes, cual cerillera posmoderna, y que la chica además comparte un cuchitril en el barrio de la canalla con su madre, su hijo y otros tantos inmigrantes que apenas chapurrean el idioma local.

Y pongamos que casi sin darse cuenta (sic) se hacen amigos y cantan duetos en una tienda de pianos, se cuentan su vida, y que al final… En fin, por no reventarla del todo diré que hay una explosión apoteósica de caspa; bienintencionada y touching, eso sí, pero caspa a fin de cuentas. Todo rodado de forma austera, sin actores profesionales y con cámara en mano parkinsoniana.

Ahora pongamos que la película se titula Once, que se desarrolla en una ciudad en la que has vivido durante los dos últimos años, a la que llegaste siendo un pimpollo y de la que te marchaste sin dejar de ser un pimpollo, pero con algunos trucos sucios aprendidos; una ciudad por la que caminaste solo, borracho, alegre, maldito, aburrido, acompañado, negro, ingenioso, abatido, despiadado, azul, esperanzado, con los pies, a gatas, en inglés, en español, en francés.

En ese caso la película es una maravilla. Y lo cierto este tipo de cosas escuecen de veras, porque ninguna crítica vale.


Glen Hansard & Marketa Irglová - Falling slowly.mp3

P.S.: Los actores se liaron en la vida real -prueba de que la caspa existe más allá de las pantallas, cine verité que dirían por aquí- y aparecerán en I’m not there que, al paso que vamos, acabará por convertirse en la película con mayor número de cameos de la historia. Que los Rolling nos pillen confesados como luego sea una basura.

Alila, de Amos Gitai

A este paso me chupo la filmografía entera del director israelí sin encontrar siquiera cinco minutos de entretenimiento. En esta, presenta un mélange de historias urbanitas en un barrio cochambroso de Tel-Aviv: un chapuzas que duerme en su furgoneta en frente de la puerta de la casa su ex-mujer junto a los inmigrantes ilegales chinos que contrata, una mujer que hace de amante de una suerte de espía o militar casado y cincuentón, el hijo del chapuzas que se quiere escapar de la mili, el amante de la mujer del chapuzas que no pinta absolutamente nada en la película, un par de viejos pululando en torno a la jefa de la comisaría y que no alcanzo a entender qué demonios pintan en todo el film, todo muy à la Raymond Carver pero pasado por el tamiz de Gitai: secuencias largas hasta la extenuación, travellings interminables con una hermosísima pared de hormigón de por medio, falta de composición (a ver, ¿soy el único que se ha dado cuenta de que cada vez que aparece el chaval tapa al resto de personajes de cada escena en la que aparece con sus movimientos epilépticos?) Las historias funcionarían - son, por lo demás, argumentos bastante sobados del realismo urbano -, en otro contexto, con otros actores, con otro ritmo, con otro lenguaje; en definitiva, con ganas.

Porque viendo la película, a veces da la impresión de que Amos Gitai quiere abordar en una cinta de dos horas demasiadas cosas: el despertar del feliz sueño de la prometida tierra de Israel - con un paisaje humano desalentador formado de putas, drogadictos y vagabundos -, el estado de histeria militar permanente creado por las noticias diarias de atentados y la paranoia colectiva a niveles incluso microscópicos, la inmigración ilegal masiva, la infidelidad, la religión, la precariedad de los servicios en un país que pretende ser occidental, en fin, todo lo empieza el bueno de Amos pero nada consuma, nada cala. Me aburro.

Veremos la siguiente. La próxima la publica Hasterbinn. Por cierto, el calvo cincuentón se peta varias veces a la piba de la carátula, y ésta a su vez lleva peluca. Todo un cachondo simbolista, el Gitai.

Kobi Peretz - Menasa Oti.mp3