Un fin de semestre con invitados – I

by admin

Volvió el noble trabajo
pucha qué triste
que nos brinda el pan nuestro
pucha qué triste
me meto en el atraso
hastacuandodiosmío
como un vicio tornillo
como cualquier gusano
me meto en el atraso
y el atraso me asfixia [...]

Mario Benedetti

Se acabó el primer trimestre de los talleres de escritura: y es que aún me produce mucho respeto llamarlo máster o maestría, como si a través del cumplimiento de unos horarios de clases y la entrega formal de ejercicios uno adquiriera oficio; se adquiere, en cualquier caso, un compromiso, algo de método (o craftmanship) pero ¿oficio? Todo llega por otro sitio, por otras grietas.

Tuvimos la suerte de tener a tres escritores invitados para que compartieran su labor con nosotros; tres escritores en etapas muy distintas de sus carreras. Los nombres, por aquello de documentar un poco más la experiencia, son Rachel De-laHay, Jez Butterworth y Mike Leigh.

Rachel De-laHay acaba de estrenar su primera obra The Westbridge en el Royal Court de Londres – una obra ambientada en los choques interculturales entre desciendentes paquistaníes y afrocaribeños en un complejo de viviendas en un barrio deprimido de Londres. La obra, sin venir a revolucionar la forma o el contenido teatral, sí que aspiraba a narrar con honestidad las tensiones raciales entre miembros de comunidades minoritarias en un Londres muy contemporáneo y cosmopolita para los blancos, pero que de noche a la mañana te explota en una bola de fuego y saqueos. Rachel hablaba con seguridad de su trabajo (¡apenas 22 años!) y no se ahorraba agradecimientos al equipo del Royal Court, que puso todos los medios para que la obra se convirtiera en una pieza auténtica de teatro. (Y lo maravilloso que sería disponer de semejante espacio también en nuestra lengua.) La charla consistió sobre todo en el viaje que la llevó a convertirse en escritora de esta obra y poco más.

Jez Butterworth creó más expectación: aquí, por supuesto, es considerado un hijo pródigo. Su obra Jerusalem salió aclamada del Royal Court (¡otra vez el Royal!), hizo una parada en el West End londinense, hizo las maletas para ir a Broadway.  Por supuesto cuando volvió al West End lo hizo con el reconocimento de haber triunfado con una obra con tantísima carga folklórica, tan inglesa ella, tan dificultosa de entender incluso para alguien que ya lleva empapándose de Brittannia algún tiempo.

Esto ayudó a crear una atmósfera ceremoniosa en clase: se pretendía que extrajéramos lo máximo posible de la visita de Jez Butterworth y no racanéaramos con las preguntas: personajes, construcción de la historia, etcétera. Así que durante varias sesiones leímos la obra, la analizamos, la discutimos, la agotamos. Ahora es cuando yo confieso que a mí todo esto me produce un gran pudor. Seguramente porque existe cierta indefensión cuando uno escribe y porque uno no sabe muy bien porqué ni cómo lo hace, escribir digo; me parece pretencioso querer que otro escritor, incluso reconocido, sepa resolver el enigma de cómo se crean personajes, se enlazan tramas y demás. Es más, prefiero que el escritor, ya que pasa por el suplicio de ser ametrallado por estudiantes, se deje hablar: encontraría más cómico que me contara que jamás es capaz de entregar un encargo a tiempo o que una vez le robaron el portátil, a que me hablara de la dramaturgia aristotélica. En esta guerra con mis entrañas, en esta presión de tener que aprender algo del escritor, escogí al azar una pregunta (que no recuerdo ahora) y me senté a escuchar.

Ni que decir que ni el propio Butterworth estaba por la labor de dar clase. Desaliñado y aburrido, casi como un condenado que ha de pasar por el absurdo trago de recibir la extramaunción antes del garrote vil, como si además de ya muerto tuviera todo el ritual un aire a recochineo, se sentó allí y aceptó las primeras preguntas con estoicismo y a veces con una ironía que no se libraba de una calculada perfidia: a una pregunta de un profesor (¿cómo se metía en la cabeza de los personajes?) respondió que de la misma manera que se metía en la cabeza del público. En este aire grave y de suplicio, se refirió, en una maniobra de escapismo, a las primeras lecturas de Mojo en el Royal Court de Londres, que no una, sino dos veces le llevaron a plantearse qué posibilidades realistas tenía él como escritor. Y entonces abandoné mi pregunta original – y es que tenía que hacerlo, porque el escritor había abierto una brecha cuando mencionó la palabra fracaso – y ante la estupefacción y una más que probable regañina de mi profesora, lancé la mía:

¿Cómo absorbe el escritor el fracaso? ¿Cómo hace participar el fracaso, su fracaso, en su propia obra?

Seguirá.