Geología de la creación: erosión, sedimentación, aclarar y vuelta a empezar

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Con este bombástico título trataré de presentar el proceso de construcción/deconstrucción de uno de los ejercicios finales de la asignatura de escritura dramática, dirigida por Paul Sirett: una pieza teatral de diez minutos de duración, que no sea parte de una obra mayor, esto es, que esté contenida en sí misma.

Supongo que hay dos maneras de afrontar un problema dramático. Puede uno tener un plan, un mapa, un esquema más o menos claro e incluso un mensaje a transmitir al cual se ancla para que la acción se desarrolle por sí misma y cierre el círculo dramático. Y puede uno partir desde una posición mucho más desconocida: uno sabe lo que pasa, pero no sabé por qué, no sabe quién e incluso puede que dude de lo que allí está ocurriendo y que esté del todo equivocado.

La elección no es banal y la mayoría de las veces es involuntaria -o al menos hay cierta perversión de las maneras- y, a pesar de eso, esta decisión definirá en gran medida la eficiencia del método de trabajo y de las sesiones de revisión con los profesores y los demás alumnos. Si uno ha optado por creer que sabe lo que quiere decir, puede defender prácticamente en cualquier momento el objetivo de sus personajes, de su historia y su trayecto. Uno traza sobre la escena una fábula, y su trabajo consiste en cincelar esos personajes, sus objetivos, sus padecimientos, palabra a palabra, acción tras acción hasta resolver el problema que presenta. Es fascinante observar la asertividad de algunos compañeros cuando afirman con una seguridad de plomo que saben qué historia quieren contar: admiro esa convicción, esa fe en las posibilidades de su historia y su mensaje, y por cierto que envidio esa claridad.

En cambio yo sufro el mal de la escritura desde la “sospecha”: sospecha de que todo es revocable, modificable, sustituible. Que existe una línea trazada en arena entre el texto perfecto y el panfleto melancólico: es decir, que al escribir, la apuesta por el éxito es también un billete hacia el fracaso. Esto cambia las reglas de la batalla.

No saber lo que los personajes quieren transmitir – si es que quieren transmitir algo – permite que su construcción sea más parecida a la geología: nacen como riscos, montañas, fallas. El paso del tiempo (y la mano del escritor a través de los sucesivos borradores) los erosionan sin terminar de borrarlos, los sedimentos de uno y otro se confunden y se vierten el uno sobre el otro, creando una nueva capa de significados. Este proceso puede durar siglos (como las formaciones geológicas) y puede resultar muy enriquecedor, pero requiere un abandono total de cualquier fijación, de la estabilidad de cualquier elemento en la historia. ¿Y si uno supiera menos que el espectador sobre sus personajes?

En mi ejercicio inicial, un hombre y una mujer están hablando en un chat de sexo y mantienen una conversación explícita hasta que al final uno de los personajes destruye la relación de manera brutal y abusiva. Estas dos personas no se conocían al entrar en el chat. En el segundo borrador, el hombre desaparece y resurge como una mujer que se hace pasar por un hombre: quiere saber, quiere comprender. La conversación sexual se mantiene, así como el clímax final, pero las dos mujeres siguen sin conocerse. Y sin embargo, la otra mujer (la real, la que no miente) necesita alzar su voz: aún no ha llegado a ese punto y por eso no se la escucha bien. El tercer borrador tratará sobre eso: necesita saber más, necesita una herramienta, una palabra, un token que reafirme su poder y su presencia, no únicamente sus pulsiones: necesita poder defenderse de la mentira de la mujer que se hace pasar por hombre.

Ella también necesita sospechar de la mentira.

Veremos.