Nigeria

In: relatos

16 nov 2009

Adèle, bajo el efecto del zolpidem que ha tomado diez minutos antes siente como si sobre sus ojos se desbordaran dos cubos de arena finísima. Trata de levantarse para visitar el servicio y las plantas de los pies no responden adecuadamente, vibran, no se mantienen estables, flaquean. Se sienta sobre el colcoón de viscolátex y trata de centrar la mirada sobre la blanca pared que tiene enfrente. En ese espacio ve proyectada sus sombra: es un lienzo extraño, móvil, en el que las figuras se mueven al compás de los balanceos que le provocan las naúseas, sugieren un abuso del difumín por parte del artista invisible y la incertidumbre de si manipulando la pared el color de Adéle resultará más preciso. “Ser transparente” le viene de súbito a la mente, pero no encadena ese pensamiento con ninugna otra reflexión. Recuerda una amplia sala por la que se accede al suburbano que tomaba cuando regresaba de la universidad por las tardes y donde podían contemplarse grandes pósteres colgados de las paredes, hasta que una ordenanza municipal los prohibió y se retiraron en escasa horas, fue la primera vez que Adele se encontró con la extensión blanca frente a sí. Lo blanco, la nieve, las sábanas recién compradas, los cielos encapotados de nubes blancas, las compresas le eran sucias por su proclividad a perder su pureza al mínimo contacto con otro cuerpo, en su esencia estaban condenados a ser irrumpido con un bolígrafo, la nieve con sangre o residuos de ceniza, condenados a que su parca belleza quedara destruida.
Zolpidem le da poderes que sólo creía posibles en los superhéroes, ahora se acerca a los sonidos violentamente, solo que cinco segundos después de que su eco se haya extinguido. Adele se tumba en la cama y decide casarse con un hombre llamado Zolpidem – lo escribe en su diario y luego estudia la escena: las palabras comienzan a desplazarse sobre el cuerpo del papel como si la hoja fuera leche y las letras tuvieran bajo su carcasa unos diminutos mecanismos de rieles, palas y válvulas que las ayudaran a navegar a la deriva sobre el mar del folio. Con las últimas fuerzas que le quedan reúne la sobriedad necesaria para activar la alarma del día siguiente y apartarse el pelo de la cara. Se queda dormida. A mitad d el anoche tuvo que abir la boca para respirar, y la abrió de tal manera que pareció el hálito de un grito no nacido, un grito mudo que le resbaló por los labios, el cuello, siguió su camino zigzagueante por el colchón hasta las rendijas del parqué. Cuando logró tocar tierra, después de traspasar cimientos y construcciones subterráneas, ya es imposible saber dónde está, quizá facilitando el reblandecimiento de la Tierra o del césped de los jardines. En todo caso no asusta a los insectos y no vuelve. No vuelve salvo en la terrible pesadilla que va a despertar por unos momentos a Adele: el grito se recompone en bolas blancas, se acumulan, invierten el camino recorrido y regresan a la boca de Adele, que aúlla, aúlla su pesadilla blanca, interminable.

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About this blog

Este es el blog de Raúl Quirós Molina, autor de varios libros de poesía y en proceso de publicación del libro de relatos Un hombre cae de un edificio También mantiene el blog de humor Mugu