Tú no conoces a Don Denís Hara

In: relatos

20 mar 2009

Hasta ahora me he dedicado a describir muy someramente las motivaciones y pareceres que me llevaron a mis primeros crímenes. No me cabe duda de que el lector de estos manuscritos podría levantar mordazmente una ceja y concluir que todo lo aquí argumentado para la justificación de lo que yo considero hazañas morales no son más que una recapitulación de falacias para librarme del intolerable cinismo que sufre un ignorante que es consciente de su condición.
Sin embargo, creo haber señalado anteriormente – y si no, lo hago ahora – que estos primeros pasos para la extirpación de los errores éticos del mundo son abruptos e incluso artificiosos. Y lo son porque, hasta el momento, los dos asesinatos consumados y la tentativa fallida de la meretriz han sido meras contingencias empíricas, fruto de la experiencia más directa y carnal con las circunstancias concretas – quiera decir esto lo que quiera decir, vaya. Bien es cierto, añado, que una filosofía práctica del asesinato no puede sumirse ad infinitum en pareceres, opiniones, etcétera, sino en tesis. Sé ahora que esta falta de sutileza conceptual fue causada por la incomprensión de ciertas situaciones, y no fue sino a partir del tercer asesinato cuando puedo identificarme sin pecar de vano como “verdadero asesino moral”. Son pertinentes al caso algunas consideraciones sobre las raíces de mis anteriores obras.
La primera es que actuaba conforme al deber y no por deber, es decir, aunque existía en los ajusticiamientos (“ajustamientos” a la realidad, que diría Zubiri) una causa moral, no se hallaba en el fondo de los mismos buena voluntad, sino engreimiento y pretensión, tan propias y naturales del principiante como del versado. Segunda, y más importante que la primera, que el deber por el que se motivaban mis actos no era ni mucho menos una necesidad de acción por respeto a la ley – y esta revelación la comprendí minutos antes de que mi tercera víctima expirara.
Antes de que lancen vituperios contra la pedantería subyacente a estas últimas reflexiones, permítanme aclarar algo sucintamente: ley no es la ley jurídica, sino la ley universal que, por refererirla vulgarmente, es válida para cualesquiera seres provistos de razón, y que viene a ser el cascarón dentro del cual se cobija primeramente el deber, y seguidamente todas las morales prácticas.
Para no revolver más aún esta reflexión y pasar directamente a las consecuencias de esta iluminación en mi historiografía, lo resumiré en dos puntos:
- Que la ley universal implica actuar como si quisiéramos que los actos propios fueran ejemplo para el resto.
- Que no siempre actúa uno por deber con gusto.

La situación de mi tercera obra, pues, se presenta así: hallábame yo en una interesante conversación con una de mis pretendientes cuando se me ocurrió plantearle la siguiente cuestión:
“En el supuesto de que dos pretendientes de fisonomía y caracteres totalmente idénticos, a los que sólo diferenciara su nivel socioeconómico o, más si cabe, sus posesiones, ¿cuál sería la norma o fundamento – perdóname la expresión – que te harían aceptar los encantes y bondades de uno o de otro?”
A lo que ella respondió:
“Claramente me decantaría por el de mayor status. Planteándome incluso el imposible de dos almas y cuerpos indiferenciables – cosa a todas luces ridícula – es hecho seguro que la felicidad espiritual con uno y otro será la misma, al igual que la terrenal; mas la circunstancia económica puede procurar pequeños placeres que, sin saberlo a ciencia cierta, podrían agrandar mi felicidad en particular, y por extensión del vínculo que me uniría con mi amante, la de él.”
¡Ay, si yo no hubiera tenido minutos antes esas revelaciones sobre la filosofía moral pura! Con toda seguridad podría mi amante estar aún viva o, en el peor de los casos, muerta por una motivación errada. Porque es aquí donde el neófito comete, a la manera del que tropieza en una apertura de ajedrez, el error teórico, aduciendo que los cortes en el gaznate son consecuencia del “apego disimulado a lo material”. ¡No y no! El materialismo ha estado presente siempre en lo amoroso: no pensemos que porque unos ojos o unas manos sean miel para la boca del poeta dejan de ser materiales. El despropósito del argumento es de matiz ontológico: el amor, venga de una idea, de la intuición o de una manifestación divina, siempre reposa sobre un principio: la reciprocidad entre las dos o más personas participantes. No caben, por tanto, otros objetos o entidades ajenos a los amantes , puesto que estaríamos desviándonos hacia el fetichismo (primer error ontológico); y en el supuesto caso de que uno de los participantes considerara esta clase de relación fetichista no existiría la reciprocidad, puesto que el objeto amoroso se dividiría en objeto amado-persona amada (segundo y definitivo error ontológico).
Luego, ¿cómo desear, por desidia, que el amor que todo ser racional intuye degenerara en burdo fetichismo? ¿Cómo no impedir que ello se convirtiera en la ley universal? No existía otro remedio que enfrentarse a la elección: o seguir viviendo en la opinión, la ilusión y el engaño de los sentidos o pretender la verdad moral, aun a costa de no alcanzarla nunca y morir antes siquiera de vislumbrarla. La elección se impuso y mi querida agonizando entre mis brazos preguntaba:
“¡Oh, querido! ¿Por qué?”
y yo contesté, al tiempo que ella expiraba:
“Por respeto a la ley universal”.
Don Denís Jara, asesino moral. Jean Travais

1 Response to Tú no conoces a Don Denís Hara

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Lucas

marzo 20th, 2009 at 19:34

Ya planteó alguien -de cuyo nombre quisiera no acordarme- los extrechos vínculos entre Kant y Sade, en lo relativo a la ley moral y a las tendencias sádicas (valga la redundancia) que supuestamente habitan en todo hijo de vecino. Asimismo, tuvo que ser Hegel el primero que pusiera el acento en las relaciones que se podían contemplar entre algo así como la ley moral kantiana y la praxis robespierreana de la guillotina a cascoporro: en efecto, del mismo modo que a la ley moral no hay acción empírica que le corresponda, pues que entonces la ley moral no sería ley sino una acción concreta, empírica, casi diríamos demasiado cutre para venerarla en nosotros como veneramos las leyes de los astros en el cielo estrellado, asi también la categorización de Robespierre, que exigía a sus acusados la adecuación a la idea de Humanidad en su pura forma, esto es, independientemente de sexo, raza y religión, comporta el descabezamiento incondicionado, precisamente porque el nudo hombre, el crudo y mostrenco ser humano, es un hueco tan formal como aquella ley. Y tan formal como el propio procedimiento, pulcro y humanista, inventado por el maestro Guillotine.
Chapeau.

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Este es el blog de Raúl Quirós Molina, autor de varios libros de poesía y en proceso de publicación del libro de relatos Un hombre cae de un edificio También mantiene el blog de humor Mugu