Blog de Raúl Quirós
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19 dic 2008Muchos de mis lectores, en particular aquellos que me son más próximos y más queridos, saben que yo participé del diseño y arquitectura del Gran Colisionador de Hadrones, que tanto colmó las portadas y noticiarios de esta temporada verano-otoño en los medios de comunicación. Estas personas saben de buena tinta que debido a lo particular de este desempeño mÃo, secreto a todas luces, no podÃa revelar los detalles ni aclarar al público los pormenores que hacÃan de este aparato de gigantescas proporciones no sólo una promesa para la ciencia sino también un verdadero fiasco para la Humanidad.
El porqué de este post me es ahora claro: hace ya años, incluso algunas decenas, que trabajé en el LHC y mi contrato de confidencialidad expiró, asà que no veo por qué razón, siendo yo padre e ingeniero del aparato no deberÃa dilucidar algunos aspectos tenebrosos del asunto. A fin de cuentas nunca se pagó por mi silencio, y si por algo nos distinguimos los cientÃficos de los informáticos es por no patentar nuestras ideas, al menos las que han fracasado: es una cuestión de eficiencia, aunque el proverbial tropiezo doble en idéntica piedra se dio con el LHC. Por ejemplo: Se rumoreó en varios foros que en la puesta en funcionamiento del LHC cabrÃa una posibilidad, remota, pero real, de que el universo se destruyera. Ahora puedo confirmar que, en efecto, esta posibilidad existÃa, era real, y no era tan remota como algún matemático listillo planteaba. De hecho, lo improbable es que el universo se salvara tras unos cuantos años de uso.
Pero comencemos perogrullascamente por el boceto inicial del Gran Acelerador, que fue presentado al Director del CERN hace unos años, y más tarde les cuento la especificación de sus requisitos y objetivos.
Tengo que decir que, a pesar de lo parco del diseño, fue muy bien recibido tanto por el director del CERN como por mis colegas de la comunidad cientÃfica, asà que finalmente se me encomendó la jefatura del proyecto; en fin, que el cacharro llegara a buen puerto. Y para celebrarlo hice una pequeña fiesta en mi apartamento en Ginebra y todos bailamos la siguiente canción, con la que dimos concluÃda la primera parte de la construcción del LHC. Sin saberlo, habÃa establecido asà una tradición/superstición, y es que cada vez que termináramos una parte del colisionador, le dedicarÃamos una canción. Para animarnos. Los cientÃficos andamos siempre muy ocupados y no tenemos tiempo ni para la alegrÃa ni para la desazón, asà que no viene mal de vez en cuando recordarnos que tenemos que ponernos contentos o tristes.
Una vez bocetado el prototipo, sólo nos quedaba saber para qué diablos utilizarÃamos el Gran Colisionador de Hadrones. Eso de lanzar átomos unos contra otros habÃa resultado divertido en el pasado, pero hoy dÃa, con las conquistas de los derechos civiles, la inteligencia colectiva y la globalización era bastante difÃcil encontrar materia alguna dispuesta a ser despanzurrada a la velocidad de la luz contra otro átomo. Mis consejeros estuvieron realizando infinitas investigaciones de campo en lugares tan dispares como Sri Lanka, la isla de Santorini, Vigo, la Costa Azul, Eritrea, en búsqueda de átomos voluntarios a ser desintegrados y reconvertidos en otra forma de materia, con más o menos protones, pero no ya la misma materia. No se preocupe el lector si no acierta a entender de qué va esto, yo les confieso que al principio no lo entendÃa muy bien.
Estábamos a punto de abandonar el proyecto cuando ocurrió algo inesperado. Una tarde de otoño se presentó en el CERN un átomo de plomo. Créanme, he visto miles de átomos de plomo desesperados, deseosos de ser algo en la vida mas éste… Este tenÃa un brillo de suicida en los ojos. TenÃa una mirada dura, metálica, un tanto primitiva, que escudriñaba el laboratorio con la fiereza de los héroes. Lo primero que dijo nada más llegar a mi despacho fue “soy el átomo que buscan“, y a pesar de que tuve ganas de reir ante la flemática y televisiva afirmación del átomo, me contuve y escuché. Se sentó en mi despacho apretando su mandÃbula prominente y hablando como si mascara las palabras entre los dientes. Tomé una foto del átomo – con su permiso siempre- para dejar constancia a las generaciones venideras de su valentÃa y arrojo.

Aunque mis colegas estaban entusiasmados con la idea de poder lanzar contra el muro del LHC, a velocidad terminal, a este átomo, yo sospechaba que el experimento acabarÃa en fracaso. Y asà fue.
Verán, en principio nosotros querÃamos desintegrar al átomo para descubrir si en su esencia más Ãntima podÃamos ver a Dios. No, no me interpreten mal, es que hay una partÃcula que se llama la partÃcula de Dios, el bosón de Higgs, que según me dijo mi abuela, es la que originaa toda la materia. IncluÃdos nosotros, el turrón, el sonido de una flauta e incluso a los dictadores. Según esto, hay dioses en todo. Yo entonces le pregunté a mi abuela si el tal Higgs era Dios, y ella me dijo que no, que Higgs era un señor con el pelo cano y algo calvo y que llevaba corbata y andaba a pasitos. Le dije que si Higgs no era Dios, por qué llamaba a su bosón “partÃcula de Dios” y que si Dios se enteraba, ¿no se enfadarÃa con Higgs? Mi abuela me sonrió ante aquellas reflexiones, no dijo nada y luego me puso de merendar.  No entiendo muy bien a mi abuela, asà que no pregunté más y seguà con el experimento.
Aceleramos al átomo de plomo una mañana de un frÃo noviembre. El problema es que mientras yo supervisaba la aceleración y alcanzaba la velocidad de la luz me entraron unas ganas terribles de hacer pis, asà que salà un momentito al cuarto de baño. Cuando volvÃ, mis becarios estaban frenéticos. Pregunté que qué demonios habÃa pasado, si se habÃa encontrado al tal Dios o qué y me dijeron que no, que ni Dios, ni Demonio, ni el señor Higgs; que el átomo no se habÃa estrellado y no se habÃa desintegrado.
Fui entonces a hablar con el átomo y para mis sorpresa lo encontré muchÃsimo más envejecido. Le hice una serie de preguntas para ver si se encontraba bien y en principio asà parecÃa, pero los dos o tres minutos que habÃa estado viajando a la velocidad de la luz, a la espera de ser espachurrado en un magma cuántico, le habÃan sumado varios miles de años, y claro eso se lo noté en las dificultades que pasaba para responder a mi cuestionario. Recordé entonces unos apuntes que me pasaron en la facultad de fÃsicas en donde se decÃa que el tiempo se estiraba como un chicle cuando uno viajaba cada vez más rápido. Algo no encajaba, entonces. Porque según esa teorÃa o, al menos, esos apuntes, el átomo deberÃa ser el joven y nosotros los viejos. ¿Qué habÃa ocurrido?
La respuesta la hallé justo cuando el átomo me explicaba lo de su mareo cuántico. Nuestro aguerrido héroe habÃa estado girando en el sentido de las agujas del reloj, con lo cual su tiempo habÃa sido más rápido que el nuestro. ¿Qué pasarÃa entonces si lo acelerábamos en sentido contrario? Le preguntamos si querÃa ser un héroe y volver a ser acelerado, pero esta vez marcha atrás, con la esperanza de que rejuveneciera y él contestó que sÃ, que no le importaba, que tenÃa una cita esa tarde pero que no le importaba cancelarla, asà que la canceló, le dimos un reloj con dos dÃgitos y fecha, y lo aceleramos en sentido contrario.
El resultado fue alentador y desalentador a un mismo tiempo. Quiero decir, a dos tiempos, el suyo y el nuestro. Desalentador porque el átomo no rejuveneció, como creÃmos que ocurrirÃa. De hecho, el reloj siguió marcando la misma hora con la que lo habÃamos lanzado, y eso que lo dejamos dando vueltas mientras nos Ãbamos a almorzar. Alguien dijo que el sólo resultado de nuestro descubrimiento, que el tiempo es elástico pero lineal, y que no se puede volver hacia atrás nos harÃa merecedores del Premio Nóbel de FÃsica, pero alguien afirmó que eso ya lo sabÃamos desde el principio y que el Nóbel no se lo dan a cualquiera que demuestre una obviedad. Todos asentimos y decidimos no mandar el resultado a Science ni celebrar fiesta alguna. Aunque sà que escuchamos música. Ayuda mucho en estos casos.
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Dejamos lo del LHC durante un tiempo, y mi equipo y yo nos dedicamos a otros menesteres más prosaicos, floricultura, especulación en bolsa y quedar los domingos por la tarde para ver el fútbol o ir al teatro. Hasta que un dÃa, MarÃa, que es una amiga a la que quiero mucho, me dijo que andaba preocupada por los resultados de una prueba médica que habÃan hecho a su madre y que no le daban hasta dentro de tres meses. A todos nos conmovió la historia de MarÃa, porque en los momentos más chungos pues estaba ahÃ, nos traÃa churros al trabajo y además fue la que ingenió el sistema de refrigeración del LHC (por si no lo sabÃais para que los átomos giren rápido por el LHC el túnel tiene que estar casi a cero absoluto, asà que no es ninguna tonterÃa). Asà que recordamos lo que ocurrió con el átomo de plomo, que por cierto, hacÃa algún tiempo que no salÃa por unos problemas que tenÃa del corazón, y decidimos que para evitar que se angustiase demasiado harÃamos correr el tiempo hasta dentro de tres meses. MartÃn, que a veces se pone un poco peljiguero con estas cosas, dijo que a él no le parecÃa bien, porque querÃa ir al cine esa tarde con sus hijos a ver una pelÃcula y que acelerando el tiempo pues no se iba a enterar muy bien; en todo caso hicimos una votación y salió ganando MarÃa, asà que MartÃn tuvo que aguantarse. Nos fuimos al LHC, le quitamos la capota y comenzamos a arrancar el sistema mientras escuchábamos una canción.
Continuará a petición popular…
Este es el blog de Raúl Quirós Molina, autor de varios libros de poesÃa y en proceso de publicación del libro de relatos Un hombre cae de un edificio También mantiene el blog de humor Mugu
3 Responses to La verdad sobre el LHC (Gran Colisionador de Hadrones) – Parte I
francisca
diciembre 20th, 2008 at 14:14
por favor que siga,
Lucas
diciembre 20th, 2008 at 17:50
pues que continue… (hay que ver cómo te gusta regalarte los oidos con las peticiones de tus lectómanos)
Lucas
diciembre 23rd, 2008 at 13:53
¿Es por vaguerÃa o por falta de petición popular o porque te tirabas el pisto el que esto no siga?