Pocos lo habréis descubierto debido a la mecánica de mi discurso. He sido traidor para vuestra confianza y aún así habéis dejado reposar vuestra cabeza sobre mi hombro, o sobre mi pecho, tomado mi mano, de una manera tan sutil que ni el más tierno de los románticos hubiera sido consciente de que en mi ser no guardaba otra cosa que un profundo amor por todos vosotros. Hay días en los que levanto la vista hacia el cielo, y las nubes me responden – sí, me responden – con una cara un tanto mortecina, con aspecto de anciano derrotado, como diciendo: “vaya lugar que me has asignado, ya no te quiero no más”.
Mi intención con el LHC no era, ni mucho menos, hallar a Dios, como el pretencioso de Higgs. Cuando María habló de esa prueba médica que iba tardar más de tres meses no fuimos tan ingenuos como para pensar que no había truco tras ese muestrario de vocabulario clínico y limpio en el que tres meses no eran más que una excusa para retrasar al cáncer. ¡Qué literario sonaba entonces! Un cáncer era incluso lo más frugal que podría pasarle a María al conocer su futuro.
Después de que María permaneciese durante tres meses en el acelerador de partículas ajena a la guerras, crisis de gobierno, penas capitales, evoluciones de grandes hermanos televisivos, etcétera, nosotros ideamos unas tecnologías (en un tiempo récord, todo hay que decirlo) para que ese mismo acelerador de partículas que tantos problemas nos había dado con una vaca – que yo llegué a confundir con un átomo de plomo, pero que su discurso tenaz, sincero, más propio de un político de la vieja casta que de un rumiante – pudiera condensarse, por arte de magia en un reloj. Así que, de un día para otro, es decir, de un mes para otro, mientras María esperaba absorta en su circular eterno en el LHC los resultados (afortunados) de su prueba médica nosotros creamos exactamente el mismo artefacto en un reloj de pulsera. No era necesario ya toda esa instrumentación gigantesca, esa aceleración de átomos de plomo ni esa tecnología estrambótica para jugar con el tiempo: tantas veces que salí del un bar con intenciones no profanas fueron aceleraradas con un simple girar de manecillas: las dos menos cuarto eran las tres en punto tan solo con un leve roce de mis dedos.
Ante todo debo decir que el experimento y tecnología final del LHC fracasó porque no supimos dar buen uso de nuestro invento. Exámenes, aniversarios, ferias, cumpleaños: todo tenía la inmediatez del instante de nuestro reloj: bastaba colocarlo en hora y el tiempo fluctuaba, junto a las partículas de nuestro cuerpo hacia nuestro tiempo. O, si acaso, deséabamos que un segundo durara más allá de los límites de lo establecido por la regularidad de que ya habían impuesto los dioses (nunca fuimos tan arrogantes de creer que el instante eterno pudiera ser siquiera aprehendido por nuestra máquina), y los orgasmos duraran siglos, al final del día se convertía ese momento supremo en aburrimiento y al final dale que te pego con las manecillas del reloj, como si del Fast Forward del mando a distancia de la vida se tratara.
Las vidas palpitaban entonces en torno a los escasos diez años: mis becarios morían tras una cincuentena de orgasmos (ellos, como siempre tan lindos) y mis abuelos perduraban en la eternidad disfrutando de lindezas como el juego del dominó, los chatos de vino o el cultivo de hortalizas.
Mis conclusiones las pondré en el corolario del experimento. Feliz Año Nuevo.
Muchos de mis lectores, en particular aquellos que me son más próximos y más queridos, saben que yo participé del diseño y arquitectura del Gran Colisionador de Hadrones, que tanto colmó las portadas y noticiarios de esta temporada verano-otoño en los medios de comunicación. Estas personas saben de buena tinta que debido a lo particular de este desempeño mío, secreto a todas luces, no podía revelar los detalles ni aclarar al público los pormenores que hacían de este aparato de gigantescas proporciones no sólo una promesa para la ciencia sino también un verdadero fiasco para la Humanidad.
El porqué de este post me es ahora claro: hace ya años, incluso algunas decenas, que trabajé en el LHC y mi contrato de confidencialidad expiró, así que no veo por qué razón, siendo yo padre e ingeniero del aparato no debería dilucidar algunos aspectos tenebrosos del asunto. A fin de cuentas nunca se pagó por mi silencio, y si por algo nos distinguimos los científicos de los informáticos es por no patentar nuestras ideas, al menos las que han fracasado: es una cuestión de eficiencia, aunque el proverbial tropiezo doble en idéntica piedra se dio con el LHC. Por ejemplo: Se rumoreó en varios foros que en la puesta en funcionamiento del LHC cabría una posibilidad, remota, pero real, de que el universo se destruyera. Ahora puedo confirmar que, en efecto, esta posibilidad existía, era real, y no era tan remota como algún matemático listillo planteaba. De hecho, lo improbable es que el universo se salvara tras unos cuantos años de uso.
Pero comencemos perogrullascamente por el boceto inicial del Gran Acelerador, que fue presentado al Director del CERN hace unos años, y más tarde les cuento la especificación de sus requisitos y objetivos.
Tengo que decir que, a pesar de lo parco del diseño, fue muy bien recibido tanto por el director del CERN como por mis colegas de la comunidad científica, así que finalmente se me encomendó la jefatura del proyecto; en fin, que el cacharro llegara a buen puerto. Y para celebrarlo hice una pequeña fiesta en mi apartamento en Ginebra y todos bailamos la siguiente canción, con la que dimos concluída la primera parte de la construcción del LHC. Sin saberlo, había establecido así una tradición/superstición, y es que cada vez que termináramos una parte del colisionador, le dedicaríamos una canción. Para animarnos. Los científicos andamos siempre muy ocupados y no tenemos tiempo ni para la alegría ni para la desazón, así que no viene mal de vez en cuando recordarnos que tenemos que ponernos contentos o tristes.
Una vez bocetado el prototipo, sólo nos quedaba saber para qué diablos utilizaríamos el Gran Colisionador de Hadrones. Eso de lanzar átomos unos contra otros había resultado divertido en el pasado, pero hoy día, con las conquistas de los derechos civiles, la inteligencia colectiva y la globalización era bastante difícil encontrar materia alguna dispuesta a ser despanzurrada a la velocidad de la luz contra otro átomo. Mis consejeros estuvieron realizando infinitas investigaciones de campo en lugares tan dispares como Sri Lanka, la isla de Santorini, Vigo, la Costa Azul, Eritrea, en búsqueda de átomos voluntarios a ser desintegrados y reconvertidos en otra forma de materia, con más o menos protones, pero no ya la misma materia. No se preocupe el lector si no acierta a entender de qué va esto, yo les confieso que al principio no lo entendía muy bien.
Estábamos a punto de abandonar el proyecto cuando ocurrió algo inesperado. Una tarde de otoño se presentó en el CERN un átomo de plomo. Créanme, he visto miles de átomos de plomo desesperados, deseosos de ser algo en la vida mas éste… Este tenía un brillo de suicida en los ojos. Tenía una mirada dura, metálica, un tanto primitiva, que escudriñaba el laboratorio con la fiereza de los héroes. Lo primero que dijo nada más llegar a mi despacho fue “soy el átomo que buscan“, y a pesar de que tuve ganas de reir ante la flemática y televisiva afirmación del átomo, me contuve y escuché. Se sentó en mi despacho apretando su mandíbula prominente y hablando como si mascara las palabras entre los dientes. Tomé una foto del átomo – con su permiso siempre- para dejar constancia a las generaciones venideras de su valentía y arrojo.
Aunque mis colegas estaban entusiasmados con la idea de poder lanzar contra el muro del LHC, a velocidad terminal, a este átomo, yo sospechaba que el experimento acabaría en fracaso. Y así fue.
Verán, en principio nosotros queríamos desintegrar al átomo para descubrir si en su esencia más íntima podíamos ver a Dios. No, no me interpreten mal, es que hay una partícula que se llama la partícula de Dios, el bosón de Higgs, que según me dijo mi abuela, es la que originaa toda la materia. Incluídos nosotros, el turrón, el sonido de una flauta e incluso a los dictadores. Según esto, hay dioses en todo. Yo entonces le pregunté a mi abuela si el tal Higgs era Dios, y ella me dijo que no, que Higgs era un señor con el pelo cano y algo calvo y que llevaba corbata y andaba a pasitos. Le dije que si Higgs no era Dios, por qué llamaba a su bosón “partícula de Dios” y que si Dios se enteraba, ¿no se enfadaría con Higgs? Mi abuela me sonrió ante aquellas reflexiones, no dijo nada y luego me puso de merendar. No entiendo muy bien a mi abuela, así que no pregunté más y seguí con el experimento.
Aceleramos al átomo de plomo una mañana de un frío noviembre. El problema es que mientras yo supervisaba la aceleración y alcanzaba la velocidad de la luz me entraron unas ganas terribles de hacer pis, así que salí un momentito al cuarto de baño. Cuando volví, mis becarios estaban frenéticos. Pregunté que qué demonios había pasado, si se había encontrado al tal Dios o qué y me dijeron que no, que ni Dios, ni Demonio, ni el señor Higgs; que el átomo no se había estrellado y no se había desintegrado.
Fui entonces a hablar con el átomo y para mis sorpresa lo encontré muchísimo más envejecido. Le hice una serie de preguntas para ver si se encontraba bien y en principio así parecía, pero los dos o tres minutos que había estado viajando a la velocidad de la luz, a la espera de ser espachurrado en un magma cuántico, le habían sumado varios miles de años, y claro eso se lo noté en las dificultades que pasaba para responder a mi cuestionario. Recordé entonces unos apuntes que me pasaron en la facultad de físicas en donde se decía que el tiempo se estiraba como un chicle cuando uno viajaba cada vez más rápido. Algo no encajaba, entonces. Porque según esa teoría o, al menos, esos apuntes, el átomo debería ser el joven y nosotros los viejos. ¿Qué había ocurrido?
La respuesta la hallé justo cuando el átomo me explicaba lo de su mareo cuántico. Nuestro aguerrido héroe había estado girando en el sentido de las agujas del reloj, con lo cual su tiempo había sido más rápido que el nuestro. ¿Qué pasaría entonces si lo acelerábamos en sentido contrario? Le preguntamos si quería ser un héroe y volver a ser acelerado, pero esta vez marcha atrás, con la esperanza de que rejuveneciera y él contestó que sí, que no le importaba, que tenía una cita esa tarde pero que no le importaba cancelarla, así que la canceló, le dimos un reloj con dos dígitos y fecha, y lo aceleramos en sentido contrario.
El resultado fue alentador y desalentador a un mismo tiempo. Quiero decir, a dos tiempos, el suyo y el nuestro. Desalentador porque el átomo no rejuveneció, como creímos que ocurriría. De hecho, el reloj siguió marcando la misma hora con la que lo habíamos lanzado, y eso que lo dejamos dando vueltas mientras nos íbamos a almorzar. Alguien dijo que el sólo resultado de nuestro descubrimiento, que el tiempo es elástico pero lineal, y que no se puede volver hacia atrás nos haría merecedores del Premio Nóbel de Física, pero alguien afirmó que eso ya lo sabíamos desde el principio y que el Nóbel no se lo dan a cualquiera que demuestre una obviedad. Todos asentimos y decidimos no mandar el resultado a Science ni celebrar fiesta alguna. Aunque sí que escuchamos música. Ayuda mucho en estos casos.
Dejamos lo del LHC durante un tiempo, y mi equipo y yo nos dedicamos a otros menesteres más prosaicos, floricultura, especulación en bolsa y quedar los domingos por la tarde para ver el fútbol o ir al teatro. Hasta que un día, María, que es una amiga a la que quiero mucho, me dijo que andaba preocupada por los resultados de una prueba médica que habían hecho a su madre y que no le daban hasta dentro de tres meses. A todos nos conmovió la historia de María, porque en los momentos más chungos pues estaba ahí, nos traía churros al trabajo y además fue la que ingenió el sistema de refrigeración del LHC (por si no lo sabíais para que los átomos giren rápido por el LHC el túnel tiene que estar casi a cero absoluto, así que no es ninguna tontería). Así que recordamos lo que ocurrió con el átomo de plomo, que por cierto, hacía algún tiempo que no salía por unos problemas que tenía del corazón, y decidimos que para evitar que se angustiase demasiado haríamos correr el tiempo hasta dentro de tres meses. Martín, que a veces se pone un poco peljiguero con estas cosas, dijo que a él no le parecía bien, porque quería ir al cine esa tarde con sus hijos a ver una película y que acelerando el tiempo pues no se iba a enterar muy bien; en todo caso hicimos una votación y salió ganando María, así que Martín tuvo que aguantarse. Nos fuimos al LHC, le quitamos la capota y comenzamos a arrancar el sistema mientras escuchábamos una canción.
Bien, tú has querido, con tu propia obstinación, que hayamos acabado por llegar a una situación que bien podría y debería haberse evitado y que es para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera! ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Ahora te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es por lobo.
Rafael Sánchez Ferlosio. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.
Set, que vivió novecientos dos años, tuvo el infortunio de lacerarse un dedo con una hoz un día que recogía la mies. Levantó el puño hacia el cielo y descargó sus ira contra Él. Enós, que era su hijo lo escuchó entonces, y cuando murió su padre, levantó el puño y descargó la misma ira, como había visto hacer. Cainán, hijo de Enós, y Malael, hijo de Cainán, hicieron otro tanto cuando llegó el momento, y así hasta llegar a Noé, quien, de tanta pena que padeció por la muerte de su progenitor, se fue en silencio a su arca y allí estuvo llorando sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches. Dios, que le había visto, cerró la puerta del arca detrás de él.
La excitación me recorre el cuerpo. Llevo toda mi vida esperando una noticia como la que viene a continuación.
Veréis, todos los que nos lanzamos a esta aventura de escribir lo hacemos con un cierto bagaje, o al menos pretendido bagaje intelectual: el tiempo que no invertimos en desarrollar nuestras habilidades sociales lo empleamos en ver películas tildadas de snob, sumergirnos en libros de autores rusos de más de cuatrocientas páginas, escuchar piezas clásicas y otras frugalidades, las cuales, por el tiempo que consumen en su disfrute, nos impedían la socialización con otros seres humanos y animales varios.
Pero gracias a la industria editorial hoy los jacobos, empollones, cerebritos y ratones de biblioteca tenemos la oportunidad, no ya única, sino mística de poder utilizar esta la tan nuestra habilidad para absorber cultura para concedernos un deleite carnal. En palabras contantes y sonantes: Un manual del trato con las chicas.
Sé que suena paradójico, pero un servidor se metió en esto de la literatura para ligar. ¿Qué otro motivo, si no uno los más viejos del mundo: poder, dinero, amor, podría atarme a un libro un viernes por la noche? Soy humilde y no busco ínfulas ni aplausos: sólo alguien con quien pasar la noche y parte del día.
Y ha tenido que ser un prepúber, un niño de nueve años, el que nos ha abierto los ojos con su Cómo hablarle a las chicas. Excitante propuesta y excitantes consejos, algunos tan ingeniosos como:
La mejor elección para la mayoría de los chicos es una chica normal… algunas chicas muy guapas tienen un corazón de hielo.
¡Pobres zorras coquetas! A partir de ahora ninguna Scarlett ni ninguna Penélope Cruz de tres al cuarto me romperá el corazón. Que sus Bardemes se las queden para ellos. ¡Ingenuos, zotes, anarquistas del buen gusto! Una vez más, la pluma puede sobre la espada.
Es fácil detectar chicas bonitas, porque usan aros enormes, vestidos llamativos y muchas joyas [...] Las chicas bonitas son como autos que necesitan mucho aceite.
El endiablado niño es todo un canalla sacado de un Estudiante de Espronceda modernete. Una chica es como un coche, y por tanto es lícito hacerle el rodaje, darle cera e incluso tunearla. No tengo el libro en mano, sólo los comentarios del periódico. Y tengo verdaderas ganas de hincarle el diente al libro, y a alguna desprevenida que espero que no haya leído el libro.
Al artículo le falta incluir si el niño comenta los aspectos más jugosos de las relaciones hetero, porque lo hasta aquí dicho queda un poco escaso. Mi interés se centra en cuestiones como:
-¿Es lícito atarlas cuando se porten mal?
-Cuando se nieguen a practicar el sexo ante nuestra insistencia, ¿qué es más apropiado? ¿Un buen par de hostias, un cuchillo o amenazar con matar a su familia?
El libro además se llevará al cine.
—
Las mujeres gozan del privilegio (negativo) de no dejarse engañar por los juegos en los que se disputan los privilegios, y de no estar atrapadas, al menos directamente, en primera persona. Pueden incluso vanagloriarse y, mientras no estén comprometidas por procuración, considerar con una divertida indulgencia los esfuerzos desesperados del “hombre-niño” por hacerse el hombre y la desesperación que en él generan sus fracasos. Ellas pueden adaptar sobre los juegos más serios el punto de vista distante del espectador que observa la tempestad desde la orilla, lo que puede valerles para ser tildadas de frívolas e incapaces de interesarse en cosas serias, como la política. Pero, al ser esta distancia un efecto de la dominación, están a menudo condenadas a participar por procuración, por una solidaridad afectiva con el jugador, que no implica una verdadera participación intelectual y afectiva en el juego y que las convierte con frecuencia en seguidoras incondicionales, pero mal informadas, de la realidad del juego y las correspondientes apuestas.
Ahora ya no me acuerdo de cuándo murió mi abuelo Gregorio; es más, apenas puedo encontrar en mi memoria algún retazo de su imagen. Sé que su calva estaba poblada de manchas, blanco el poco cabello que le restaba en la nuca y que la carne de su tez parecía gotear hacia la papada. Era del Barça, y un cascarrabias. Le llamaban Berrinche Senior (Berrinche Junior es mi viejo y los nietos somos los Berrinchines).
Se murió un día del que no me acuerdo, como ya he dicho. Mi padre nos sentó en el minúsculo salón del piso, nos dijo con voz cruda que se había muerto y luego se echó a llorar. Sólo he visto llorar a mi padre en dos ocasiones. Me impresionó mucho. Más que la propia muerte de mi abuelo, que a decir verdad, sólo me produjo cierta nostalgia, ya que no le conocía mucho. Sólo vi llorar a mi viejo otra vez, en Navidad. Durante años pensé que había sido culpa mía. Luego comprendí que yo era un niño, él un adulto y que nuestro mundo no era el mismo.
Mis padres no nos dejaron ir al velatorio, para ver un trozo de carne pudriéndose mejor os quedáis en casa, dijeron. Durante la cena en la cocina de mi abuela no abrimos la boca.
Por aquellas fechas murió Chu-lin, el queridísimo oso panda del Zoo de Madrid. Salió en todos los noticiarios. Parece que todo el mundo le quería. De mi abuelo no dijeron nada en la tele ni en la radio. Es decir, un hombre como mi padre, firme, noble, inteligente a su manera, que nunca nos castigó cuando suspendíamos, sino que nos preguntaba, devastador: ¿seguro que has estudiado lo suficiente?, se había convertido durante unos instantes, enfrente de sus tres hijos y su mujer, en un corazón destrozado por la pérdida de su padre.
Algo debió ir realmente mal en mi cabeza cuando vi aquella farsa de condolencias, plegarias, velatorios, declaraciones institucionales sobre el animal. No entendía por qué un oso que nació en cautividad, que agonizó durante 10 o 15 años en una jaula, se merecía, incluso después de muerto, tanta humillación. Si yo no te llamo ’zorra’, no te trato como a una ‘cerda’, no advierto a mis amigos de que eres un ‘mandril’, no te digo que ese vestido te hace parecer una ‘foca’, es decir, no te rebajo a ser un animal; no veo por qué a uno oso panda se le debían hacer los rigores funerarios que a los humanos, tratarlo como a un humano, rebajarlo a ser hombre. Así se dice que era un animal digno y quería a los niños. Por eso se le trataba como a un hombre. Se le encerraba en una jaula.
Esta semana se le ha muerto el gato a Sánchez Dragó. Salió en la radio, en la tele, en el blog. Cientos de amigos le muestran sus condolencias. También ayer murió la abuela de un compañero de trabajo. Hoy no ha venido. No sabíamos si el velatorio sería hoy o mañana.
NODRIZA .- ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay, desdichada de mí!
¿Qué culpa hay en los hijos, qué tienen que ver
con las faltas del padre? ¿Les odias? ¿Por qué?
Temo, niños, y siento que vais a penar [...]
Una mujer de la localidad navarra de Mutilva Alta mató ayer a dos de sus cuatro hijos, de 3 y 7 años, e intentó hacer lo mismo con los dos mayores, de 12 y 14 años, administrándoles tranquilizantes (benzodiacepinas). [...] Según confirmaron desde el servicio de emergencias, el matrimonio se encontraba en trámites de divorcio. Una mujer mata a sus hijos de 3 y 7 años e intoxica y apuñala a los otros dos en Pamplona
MEDEA .-
(Todavía desde el interior de la casa.)
¡Ay, ay!
¡Mi cabeza atraviesa un celeste fulgor!
¿Para qué quiero ya en adelante existir?
¡Ay de mí! ¡Que me lleguen mi muerte y mi fin
y termine mi odioso vivir!
MEDEA .- Les parí; y cuando tú deseabas que vivieran,
me pregunté con pena si tal sucedería.
Pero, volviendo a aquello para hablar de lo cual
viniste algo está dicho y el resto lo diré.
Ya que quieren los reyes que yo deje esta tierra
—cosa que yo comprendo muy bien que me conviene,
vivir sin estorbarle ni a ti ni a los tiranos
del país, pues me creen hostil a su familia—,
me marcho desterrada, pero, en cuanto a los niños,
a Creonte solicita que no hayan de salir
para que de tu mano reciban el sustento.
Existe, sin embargo, un último hombre al que parece que no consigue olvidar. El pasado fin de semana, durante la visita que le realizaba su madre, Paquita preguntó si era cierto que su marido se había echado una novia. Los celos enfermizos hacia él, José Ruiz, un camionero que pasaba largas jornadas lejos de casa, la hicieron convertirse en una nueva Medea, capaz de acabar con la vida de sus hijos. Fue en la madrugada del 19 de enero de 2002, hace ya dos años. Paquita, la presa que no llora
Mamá, como sé que me lees casi todos los días, que me defiendes contra críticos anodinos, que mandas libros a concursos para ver si algún incauto es cautivado por los alejandrinos, me mandabas lomo y queso a Dublín, y a mi casa en Alcalá, llamas a Iberdrola para que me cambien la tarifa nocturna;
como siempre me regalas ropa que me queda grande y que yo tiro a la basura y sutilmente no me matas;
como siempre que voy los viernes me cuentas y yo te cuento, y si alguien te dice que estás loca pues más loco estoy yo, que los mato a todos;
como eres la única consciente de mi infortunio al haber nacido en Nochebuena,
y buena la noche en la que nací
que ni mi abuela se acuerda ya,
y no me haces ya el doble de regalos
sino el triple o el cuádruple a lo largo del año,
como soportaste estoicamente cuando te llamé lo que no se llama a una madre,
pues este año no te pido nada para mí,
así que me lo pido a mí para ti,
beber poco
fumar menos
trabajar más
no andar golfeando
olvidar lo que es el “cristal” o un “pollo”
no mear entre los coches
en fin
al menos
cumplir un par de esas cosas
aunque claro
las más importantes
no están ahí.
Hoy le decía a alguien que “lo esencial es invisible a los ojos”
pero se me olvidó decirle que de la primera persona
de quien lo escuché
fue de ti.
NOVIO .- Tampoco lo sé yo. Yo sólo salía con ella. A veces íbamos al parque, nos sentábamos y no decíamos nada. No teníamos mucho que decirnos. Y aunque quisiéramos decirlo, no habríamos abierto la boca. Las personas no tenemos mucho qué contarnos. Una historia es copia de otra historia y a su vez copia de otra historia. No hay existencias fascinantes, no al menos, en la vida real.
HIJO .- Nosotros sí la queríamos.
NOVIO .- Sí, no lo pongo en duda. Pero yo me pongo a pensar en la cantidad de gente, o más bien de individuos, que creen querer a sus personas más cercanas a lo largo y ancho del planeta, y me angustia. Me angustia pensar que cada uno de esos individuos aprecia a sus allegados y piensan que son algo especial; (indignado) ¿cómo va a ser especial si se repite en todo el planeta? Especial es algo que se salga de lo común. Pero si lo común es apreciar a los que tienes al lado… En fin, la gente nace, la gente muere y entre medias repiten las vidas de los que ya han muerto.
Marta me ha enviado este cuadro desde Santander, ideado y pintado por ella misma. Aunque no sale muy bien (soy un desastre de la fotografía) la chica lleva una pluma auténtica en la cabeza. Ni qué decir que lo adoro.