Las mujeres de Cartier-Bresson, Doisneau, etcétera

En estos últimos tiempos, he tratado de interrumpir el continuum sexo, drogas, rock’n'roll y trabajo asistiendo de manera no forzada a diversos eventos que llamaremos ocioso-artísticos: desde escribir - el más sencillo de todos y en el que más se puede mentir porque puedo escribir para mí; hasta asistir al teatro y exposiciones. Mis artes sediciosas para con las jovenzuelas y un encanto un tanto melancólico engañaron a Álex para que me acompañara a la rimbobante exposición “Mujeres en plural” en la Fundación Canal, publicitada como el novamás de la fotografía, el arte, etcétera; vamos, histórica y única, como la del año pasado y la del otro y la del anterior.

Que las mujeres “molan”, ¡qué duda cabe! A mí me ponen, para qué negarlo. Son guapas, glamourosas, coquetas, emocionalmente frágiles y además uno puede casarse con ellas y hasta tener hijos. A veces cocinan y otras veces les partimos la cara, un sol estos seres. Y qué mejor que ir a la Fundación Canal para corroborarlo. Una exposición que presume de muchas cosas, según su organizadora, Lola Garrido:

[...] mi intención es representar la pluralidad por medio de artistas masculinos y femeninos, en todas sus dimensiones y teniendo como eje conductor una parte de la historia fotográfica.

Puesto que la propia organizadora ha hablado de intención, voy a presuponer que se trata de la intención de dar un sentido al conjunto de la muestra mediante la elección no arbitraria de fotografías que, efectivamente, aporte un significado que pueda condensarse en la rúbrica del conjunto: Mujeres en plural; siempre teniendo en cuenta que no se menciona qué parte de la historia fotográfica pretendía utilizar y dando por hecho que la expuesta es la totalidad de esa parte y no han quedado en el trastero algunas que por falta de espacio o ganas no hayan podido mostrarse. Hasta a mí me ha quedado claro.

Para ahorraros el tocho que voy a meteros, tocho textual se entiende, y quizá salvaros incluso de asistir a la exposición - hecho que en cualquier caso no aconsejo -, voy a proporcionar un título más acertado para evento: “Mujeres occidentales, blancas, de alta sociedad o de la burguesía, retratadas por fotógrafos, en su mayoría hombres, de reconocido prestigio en su arte“. Pluralidad, lo que se dice pluralidad no hay demasiada: una fotografía de indígenas del Perú, otra de una mujer coreana y una última de mujeres africanas componen todo el cromatismo de las mujeres del siglo XX. La mujer, que en esta serie de fotografías es el ideal de Mujer (y por eso me intrigaba la intencionalidad de la organizadora, por tanto en cuanto una fotografía en una exposición por sí sola no juzga ni condena, pero una serie repetitiva amplía el significado) es una mujer que vive de fiesta en fiesta, calza tacones, fuma ostensiblemente y seduce con la mirada; a veces enseña una teta y eso es sugerente porque sí; ciertamente esta diarrea de clichés no beneficia a nadie: al espectador inteligente porque no le dice nada nuevo y se siente estafado, no por lo que se muestra, sino por lo que no se muestra; a los fotógrafos expuestos porque castran su obra a unos tópicos sexistas -pretender que la pluralidad de las mujeres en el siglo XX, acaso la centuria más importante para su historia como colectivo, pasa por ser mascota sexual de quien lleva la corbata en el Rolls-Royce, es cuando menos, ingenuo-, y también deja claro la medida intelectual con la que se organiza el cotarro.

No entiendo dónde apunta o qué truculencia quiere dar a entender la expositora cuando dice “no es una muestra reivindicativa“, porque en cualquier caso las fotos están ahí y por tanto son reivindicativas: se reivindican en su propio aparecer. Apretando un poco las tuercas a la expresión “si la muestra no es reivindicativa”, quiere decir que se podrá ver cualquier cosa no reivindicativa, entendiendo “revinidicativa” como “revindicativa de los derechos de la mujer” o algún esputo por el estilo, porque podría reivindicar perfectamente la “femeinidad” o “el glamour”, y nos quedaríamos igual. Y la pluralidad no reivindicativa es que en realidad todas las mujeres son o desean ser protagonistas de un anuncio de Cartier. No una sola, no: muchas. Y por eso es plural.

A estas alturas de mi diatriba, todo esto viene a resumirse en decir “nada de nada” o de otra manera “todo vale y todo sigue valiendo”. La Garbo, la Dietrich y la Monroe bajo la mirada de Bresson, Doisneau, en fin, es interesante para no cabecear frente al televisor a media tarde o para al menos admirarse de otros autores como Dorothea Lange (y me parece de un cinismo hiriente que sea una fotografía de esta autora la que anuncie la exposición, porque lleva a engaño sobre lo que el visitante se va a encontrar).

Hay, además, una sala de fotos “ordinarias” (así las tilda el cartelito, si no recuerdo mal) para contrastar con las “extraordinarias”, es decir, las de los artistas, es decir, los que un día alguien dijo “esos son”. Esta distinción conceptual ya las invalida como documento, viene a ser como el tentempié con el que nos deleitamos antes de meternos con el solomillo de Robert Frank et al.

Y nada más. La exposición se recorre en unos 40 minutos y está salpimentada con notas y disparates variopintos para darle un tono de misterio, aforismos heraclíteos de la calaña “cuanto más sé de de una imagen, menos me dice de ella“, “lo más difícil es aprender a ver” y otra serie de sentencias crípticas muy emotivas y oscuras pero arrancadas vilmente de su contexto para quizá justificar un criterio estético vaporoso.

Fundación Canal

Dejar un comentario