Blog de Raúl Quirós
In: poesía|reflexiones
11 sep 2008Hablar a estas alturas de Fernando Pessoa, admirarlo, besar su calva calavera, y prodigar discursos acerca de la genialidad de sus heterónimos resulta hasta de mal gusto. Este sentimiento de desasosiego, que ya viene convirtiéndose en un lugar común entre los desheredados de la poesía no viene dado por una empatía artística; al menos es lo que yo desearía, sino por una empatía vital. Con desheredados me refiero a los adolescentes de cuerpo o pensamiento, que integrados en alguna tribu urbana, adoptan algo así como la “poesía” como forma impositiva de creación (vamos lo que sería un melange de heavys, siniestros, punkies, emos), ya sea por incapacidad para otros menesteres artísticos, ya sea porque los versos vienen con lacitos revolucionarios, tenebrosos o amorosos, ya sea porque le sale de los cojones.
Yo no adoro la obra de Pessoa en su totalidad, es más, se trataría de amar a un abstracto sin carne donde asirlo, morderlo, leerlo incluso. Hay poemas que aburrirían hasta a las moscas, hay partes en el Libro del Desasosiego sencillamente infumables; del mismo modo que a Bukowski le habría bastado un libro de relatos para contar todo lo que contaría en interminables anécdotas sobre sexo, whisky y tabaco (por favor, una historia más en castellano, una sesión remember más, un homenaje al Sr. Chinaski; sólo una más y le escribo una carta expresamente al Presidente del Gobierno para que instaure de nuevo el garrote vil y lo aplique exclusivamente sobre mi persona). O que En el camino no es para tanto. Pessoa, con su historiografía ad hoc (poeta no reconocido que una vez muerto consigue la fama, la gloria y el reconocimiento, etcétera) se ha hecho un huequecito entre aquellos adolescentes que leyeron más allá de El Lobo Estepario. ¡Adiós, carrera literaria!
No hay nada más vil que obtener rédito vital a través de la presunta desgracia de los demás, pero a la vileza se le une la arrogancia cuando esa desgracia es la de uno mismo. Es en lo que se recuecen y endurecen estas tribus urbanas de las que hablaba: bajo la afirmación de que el catecismo sentimental de su horda es más neto que el del resto de la humanidad, y que por ello son unos incomprendidos y unos marginales, y que ese catecismo viene corroborado con las subsiguientes lecturas y tópicos acerca de la literatura, ponderando sobre lo bueno, que es lo que ellos leen, y lo malo, El Código DaVinci. Adolescentes pintarrajeados se han apropiado ahora también de Pessoa, presuntamente por la ignominia a la que fue sometido por el establishment político, social, literario, del momento y del lugar.
Pero para que uno pueda empatizar con Pessoa de este modo, ser, con grandes comillas, hermano suyo hacen falta dos condiciones: primero, creer en el establishment, es decir, somos unos marginados por la sociedad porque en efecto reconocemos que existe tal establishment y por tanto lo aceptamos aunque de forma negativa. Segundo, asumir que Pessoa tenía siquiera el más mínimo interés en participar por activa o pasiva en esos jueguecitos de poder, que es a lo que al final se reduce todo: vender ropa y complementos para siniestros, raperos, grunchos y que todo el mundo se vaya tan tranquilo a sus casas a seguir martirizando algún libro de Huxley. Y que todo siga igual, un poco más viejo, un poco con menos ganas de leer a Pessoa
He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito,
quizá todo no fuese nada
el aprendizaje que me impartieron.
Me bajé
por la ventana de la parte trasera de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente, era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla.
¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso?
Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo
que no puede haber tantos!
Fernando Pessoa
* * *
A pesar de lo que pudieras creer, mi epifanía negativa, mi catársis del tomatazo anímico, mi propia pulsión de tánatos no surgió a raíz del suicidio o la muerte de un conocido. Los atentados de Madrid, sí, me pusieron triste y anduve preocupada por un par de colegas de la facultad que no respondían al teléfono. Ni siquiera mis sesiones vespertinas de cortes en las piernas con la cuchilla de afeitar de mi padre me hacían vertir la bilis negra que sí creí vomitar un viernes en el IKEA.
Había salido de trabajar a las dos. Fui a comer con mis padres, y en medio de la conversación, mi madre sugirió que fuéramos al IKEA. Terminamos de comer y cogí el coche. Primero fui hacia la M50 pero me equivoqué de salida y terminamos en una de las miles de autovías que circunvalan Madrid como tratando de alejar los páramos y el calor de Castilla del interior de la ciudad. Como espectros o como espejimos de un oasis de cemento y cristal, las torres de Caja Madrid y Sacyr-Vallehermoso se levantaban en un horizonte que no descansaba, como una amenaza contra el cielo. Pensar en que esas cuatro torres se podían ver desde cualquier punto de la comunidad hizo que la salida del IKEA se me pasara. Al tratar de tomar el cambio de sentido, la autovía me llevó a otra autovía desde la cual era imposible retornar al punto original. Las señales me guiaban a ciudades de la perifera, a otros descampados donde habitaban, enhiestos, otros tantos cientos de centros comerciales que se iban llenando, poco a poco, de filas indistinguibles de coches. Después de unos cuarenta y cinco minutos circulando por autovías desconocidas, madre sugirió que volviésemos a casa, que nuestra búsqueda por el laberinto de radiales no había tenido éxito y era mejor abandonar. No desistí. Quince minutos después nos encontrábamos en el IKEA situado justo en la otra punta de Madrid.
Recuerdo que había una habitación. En todo el centro comercial había varias habitaciones ya preparadas, encajadas en el propio edificio como casas de muñecas, pero la habitación que me sustrajo se parecía a otra que ya había visto. Carecía de ese brillo falso que le dan los interioristas, los libros en sueco para adornar las estanterías, las piedrecitas aromáticas en ceniceros alargados. Era una habitación sobria, con muebles de tipo wedge. Al principio fue como una marea de calor que subía y bajaba mis piernas. La sangre me palpitaba en las cicatrices de los muslos. No tenía nada. Nada. Lo había hecho todo: estudiar, trabajar, volcar mi vida en algo, romperle el corazón a alguien y no tenía nada. Urgué en mis bolsillos y esto era todo lo que hallé: las llaves de casa de mi madre, un ticket de cine, el teléfono móvil, un envoltorio de chicle. Mi madre escudriñaba los precios de las sillas y yo, detenida, frente a un falso televisor, asumiendo que todas aquellas cosas que me habían ocurrido en treinta años y que yo creía parte de mi vida, no significaban nada. Ante la sobriedad de aquel sitio. Me sentí violenta por un momento, como un animal en una vitrina sin cristal puesto que los clientes pasaban delante de la habitación y miraban desganados a través de mi, hacia el resto de los muebles. Hubiera deseado morir. No sentía nada. Los clientes seguían el circuito IKEA y yo estaba detenida en una habitación falsa. Mi madre se acercó, por fin, y me preguntó: ¿estás bien, hija? No respondí.
Este es el blog de Raúl Quirós Molina, autor de varios libros de poesía y en proceso de publicación del libro de relatos Un hombre cae de un edificio También mantiene el blog de humor Mugu
5 Responses to El sutil encanto del IKEA
Reena
septiembre 13th, 2008 at 17:51
Me gusta la historia del Ikea, pero no entiendo muy bien adónde quieres llegar. Qué Pessoa se ha puesto de moda entre los pavos torturados? qué Bukowski es repetitivo? Por favor, ilumíname
raulquiros
septiembre 15th, 2008 at 10:07
Reena, ten en cuenta que un blog no es un ensayo, y que las opiniones vertidas en él no tienen por qué ser consecuencia de un proceso de reflexión concienzuda, sino un aparato o un juego del personaje que narra la opinión, que puede o no puede ser parte de la persona física que escribe el texto.
Bukowski es repetitivo, o a mí me lo parece, por los lugares comunes desde los que se han promocionado sus obras: alcohol, tabaco y mujeres. Es evidente que una lectura atenta de la obra no resistiría ese análisis tan simplista, basta leer algunos relatos de “Se busca un hombre” para ver que Bukoswki puede ser hasta tierno. Lo mismo pasa con Carver, que se le ha trillado mucho.
la chica misteriosa de siempre
septiembre 15th, 2008 at 19:22
Hola Ra,
¿has visto esto http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/?
Fánegas de los Pinos
septiembre 18th, 2008 at 23:04
Ah, Fernando Pessoa. No reconozco en tu entrada los trazos de tribu urbana alguna que compita para el puesto de esta de la que hablas. No veo una panda de chavales leyendo a Pessoa en un parque. Ojalá, pero no lo veo. Sin embargo, creo adivinar el esbozo de jóvenes solitarios y torturados que se autocomplacen y se autocastigan leyendo los versos del gran fingidor. Luego, todo ese ritual lo vierten en papel o en texto digital y tratan de que otros lo leamos, de torturarnos a nosotros con ello. Entiendo sus impulsos y sólo espero que entiendan que pase de su culo. Por otro lado, Pessoa tiene un cúmulo de poemas o textos que son mortalmente enloquecidos, dados sus gustos por la masoneria y el misticismo de otros mundos, etc. Pensemos que, publicando muerto, no pudo escoger aquello que quería ver publicado. Que piensen en eso todos aquellos que tras leer un libro de Pessoa se hayan volcado a la producción poética: háganlo, pero no piensen que son cosas que les gustaria al resto de la gente. Al fin y al cabo, Pessoa es un poeta que murió y publicaron sus obras, ¿cuantos habrán muerto y, encontrando un libro de poemas, una novela o un relato corto suyo, sus amigos y allegados han preferido más bien quemarlo que someterlo a juicio público?
Salud.
raulquiros
septiembre 18th, 2008 at 23:12
Lo cual me hace pensar a su vez, y en vista de la trayectoria bizantina de este blog, si no soy, seré o habré sido uno de esos que, traicionando todo aquello que le han dado escritores, poetas y bibliotecarios, ha denostado a los que como él han usado y abusado de autores muertos o vivos para su pequeño engradecimiento ante las cotidianeidades más banales de su ínfimo mundo… Quod dubitas, ne feceris.