Archive for Septiembre, 2008

Jetono Ijginavja

Sep 23 2008 Published by raulquiros under reflexiones, viajes

No suelo hablar mucho de fotografía, pero hoy, husmeando en la biblioteca me he encontrado con este fotógrafo croata, prácticamente desconocido, que me ha impresionado por sus retratos urbanos. Jetono Ijginavja, muerto en 1993 en circunstancias no aclaradas, tuvo una corta pero intensa carrera como fotógrafo. Imitador evidente de Cartier-Bresson y Doisneau, la mayor parte de su obra transcurre entre las calles de Split y los pueblos costeros de Croacia. Os dejo con algunas fotos de sus fotos (no tengo escáner, imaginad).


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Fragmento de una revolución

Sep 16 2008 Published by raulquiros under relatos

Tras los bombardeos y la toma de poder del Partido, las comunas de los pueblos más pequeños solían organizarse para batir los alrededores en busca de supervivientes o refugiados que hubieran huído del nuevo régimen. Aunque normalmente estas “redadas” se hacían por la noche, aprovechando que el frío y la oscuridad les hacían más vulnerables a los ojos del grupo, algunas veces organizábamos las patrullas a medio día.

Un día, removiendo cascotes, encontré lo que parecía ser la entrada a un zulo. No di la voz de aviso al jefe de la expedición; en cambio, entré en el sitio en busca de comida o mercancías con las que luego comerciar. Caminé con paso firme, con el Maúser haciendo de guía. Sentí como algunas alimañas huían entre mis piernas. En la oscuridad del sitio, pude distinguir la figura de una mujer sentada en una sillas con las manos sobre la cara, como tratando de ocultarse de mí. Tenía el pelo rubio y fosco, las manos finas y unas orejas pequeñas. Le grité que se levantase, que era soldado del Partido y que estaba prohibido acumular provisiones a escondidas del régimen. Por fin, se destapó y se levantó lentamente. Un rayo de luz le iluminó por un instante la tez. Conocía a esa chica. Había ido conmigo a la escuela, o había estado en los campos de trabajo del Partido. Creo que se llamaba Mónika. Nunca habló demasiado. No sabía muy bien qué hacer. Estoy seguro que ella esperaba algo de mí, pero yo permanecí estático, inmóvil. Después de unos instantes de silencio, se dió la vuelta, se subió el vestido y se bajó las bragas, casi ritualmente. Yo estaba anodadado. Había sido incitado por mis compañeros a tomar todo, TODO, lo que encontrase a mi paso, pero jamás imaginé aquello. Esta imagen de la sumisión total y absoluta a mi persona me excitó como nunca antes lo había conseguido una mujer. Dejé el maúser a un lado y me abalancé sobre ella. No duró mucho y ella no protestó, lo cual agradecí. Sólo al finalizar habló:

-Has tenido lo que querías. Ahora déjame vivir.

Me fui y nunca dije nada a nadie.

Czeslaw Konstantin. Rojas hojas del otoño

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Nuevo blog en este dominio

Sep 15 2008 Published by raulquiros under reflexiones

Ya sabéis de mi afición por contratar esquizofascistas para que escriban sobre aquello que no entienden. En esta ocasión os quiero invitar al blog de Lucas (30 monedas de plata), donde podréis encontrar perlitas como la que viene a continuación.

A Miguel Bosé, poeta
Seré tu amante bandolero,
el que espera, el que trajina, el que descansa,
el que camina por sus fueros.
Seré tu amante bandolero,
mira mis nóminas al alza,
voy sobrado de dinero.
Seré tu amante bandolero,
quien canta la pena espanta,
yo sólo canto cuando quiero.
Seré tu amante bandolero,
seré el omega y el alfa,
seré el final y lo primero.
Seré tu amante bandolero,
jo tía, no dices nada,
mi amor es super, supersincero.
Seré tu amante bandolero,
me churrasco en las playas,
moreno de costa del sol, moreno.
Tengo un chalet en Valdeavero:
coche propio, curro, casa,
¿qué más quieres si te quiero?
Anda, déjame darte la brasa
y ser tu amante bandolero.

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El sutil encanto del IKEA

Sep 11 2008 Published by raulquiros under poesía, reflexiones

Hablar a estas alturas de Fernando Pessoa, admirarlo, besar su calva calavera, y prodigar discursos acerca de la genialidad de sus heterónimos resulta hasta de mal gusto. Este sentimiento de desasosiego, que ya viene convirtiéndose en un lugar común entre los desheredados de la poesía no viene dado por una empatía artística; al menos es lo que yo desearía, sino por una empatía vital. Con desheredados me refiero a los adolescentes de cuerpo o pensamiento, que integrados en alguna tribu urbana, adoptan algo así como la “poesía” como forma impositiva de creación (vamos lo que sería un melange de heavys, siniestros, punkies, emos), ya sea por incapacidad para otros menesteres artísticos, ya sea porque los versos vienen con lacitos revolucionarios, tenebrosos o amorosos, ya sea porque le sale de los cojones.

Yo no adoro la obra de Pessoa en su totalidad, es más, se trataría de amar a un abstracto sin carne donde asirlo, morderlo, leerlo incluso. Hay poemas que aburrirían hasta a las moscas, hay partes en el Libro del Desasosiego sencillamente infumables; del mismo modo que a Bukowski le habría bastado un libro de relatos para contar todo lo que contaría en interminables anécdotas sobre sexo, whisky y tabaco (por favor, una historia más en castellano, una sesión remember más, un homenaje al Sr. Chinaski; sólo una más y le escribo una carta expresamente al Presidente del Gobierno para que instaure de nuevo el garrote vil y lo aplique exclusivamente sobre mi persona). O que En el camino no es para tanto. Pessoa, con su historiografía ad hoc (poeta no reconocido que una vez muerto consigue la fama, la gloria y el reconocimiento, etcétera) se ha hecho un huequecito entre aquellos adolescentes que leyeron más allá de El Lobo Estepario. ¡Adiós, carrera literaria!

No hay nada más vil que obtener rédito vital a través de la presunta desgracia de los demás, pero a la vileza se le une la arrogancia cuando esa desgracia es la de uno mismo. Es en lo que se recuecen y endurecen estas tribus urbanas de las que hablaba: bajo la afirmación de que el catecismo sentimental de su horda es más neto que el del resto de la humanidad, y que por ello son unos incomprendidos y unos marginales, y que ese catecismo viene corroborado con las subsiguientes lecturas y tópicos acerca de la literatura, ponderando sobre lo bueno, que es lo que ellos leen, y lo malo, El Código DaVinci. Adolescentes pintarrajeados se han apropiado ahora también de Pessoa, presuntamente por la ignominia a la que fue sometido por el establishment político, social, literario, del momento y del lugar.

Pero para que uno pueda empatizar con Pessoa de este modo, ser, con grandes comillas, hermano suyo hacen falta dos condiciones: primero, creer en el establishment, es decir, somos unos marginados por la sociedad porque en efecto reconocemos que existe tal establishment y por tanto lo aceptamos aunque de forma negativa. Segundo, asumir que Pessoa tenía siquiera el más mínimo interés en participar por activa o pasiva en esos jueguecitos de poder, que es a lo que al final se reduce todo: vender ropa y complementos para siniestros, raperos, grunchos y que todo el mundo se vaya tan tranquilo a sus casas a seguir martirizando algún libro de Huxley. Y que todo siga igual, un poco más viejo, un poco con menos ganas de leer a Pessoa

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito,
quizá todo no fuese nada
el aprendizaje que me impartieron.
Me bajé
por la ventana de la parte trasera de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente, era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla.
¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso?
Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo
que no puede haber tantos!
Fernando Pessoa

* * *

A pesar de lo que pudieras creer, mi epifanía negativa, mi catársis del tomatazo anímico, mi propia pulsión de tánatos no surgió a raíz del suicidio o la muerte de un conocido. Los atentados de Madrid, sí, me pusieron triste y anduve preocupada por un par de colegas de la facultad que no respondían al teléfono. Ni siquiera mis sesiones vespertinas de cortes en las piernas con la cuchilla de afeitar de mi padre me hacían vertir la bilis negra que sí creí vomitar un viernes en el IKEA.

Había salido de trabajar a las dos. Fui a comer con mis padres, y en medio de la conversación, mi madre sugirió que fuéramos al IKEA. Terminamos de comer y cogí el coche. Primero fui hacia la M50 pero me equivoqué de salida y terminamos en una de las miles de autovías que circunvalan Madrid como tratando de alejar los páramos y el calor de Castilla del interior de la ciudad. Como espectros o como espejimos de un oasis de cemento y cristal, las torres de Caja Madrid y Sacyr-Vallehermoso se levantaban en un horizonte que no descansaba, como una amenaza contra el cielo. Pensar en que esas cuatro torres se podían ver desde cualquier punto de la comunidad hizo que la salida del IKEA se me pasara. Al tratar de tomar el cambio de sentido, la autovía me llevó a otra autovía desde la cual era imposible retornar al punto original. Las señales me guiaban a ciudades de la perifera, a otros descampados donde habitaban, enhiestos, otros tantos cientos de centros comerciales que se iban llenando, poco a poco, de filas indistinguibles de coches. Después de unos cuarenta y cinco minutos circulando por autovías desconocidas, madre sugirió que volviésemos a casa, que nuestra búsqueda por el laberinto de radiales no había tenido éxito y era mejor abandonar. No desistí. Quince minutos después nos encontrábamos en el IKEA situado justo en la otra punta de Madrid.

Recuerdo que había una habitación. En todo el centro comercial había varias habitaciones ya preparadas, encajadas en el propio edificio como casas de muñecas, pero la habitación que me sustrajo se parecía a otra que ya había visto. Carecía de ese brillo falso que le dan los interioristas, los libros en sueco para adornar las estanterías, las piedrecitas aromáticas en ceniceros alargados. Era una habitación sobria, con muebles de tipo wedge. Al principio fue como una marea de calor que subía y bajaba mis piernas. La sangre me palpitaba en las cicatrices de los muslos. No tenía nada. Nada. Lo había hecho todo: estudiar, trabajar, volcar mi vida en algo, romperle el corazón a alguien y no tenía nada. Urgué en mis bolsillos y esto era todo lo que hallé: las llaves de casa de mi madre, un ticket de cine, el teléfono móvil, un envoltorio de chicle. Mi madre escudriñaba los precios de las sillas y yo, detenida, frente a un falso televisor, asumiendo que todas aquellas cosas que me habían ocurrido en treinta años y que yo creía parte de mi vida, no significaban nada. Ante la sobriedad de aquel sitio. Me sentí violenta por un momento, como un animal en una vitrina sin cristal puesto que los clientes pasaban delante de la habitación y miraban desganados a través de mi, hacia el resto de los muebles. Hubiera deseado morir. No sentía nada. Los clientes seguían el circuito IKEA y yo estaba detenida en una habitación falsa. Mi madre se acercó, por fin, y me preguntó: ¿estás bien, hija? No respondí.

Samantha Ciardone

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The Paris Review

Sep 10 2008 Published by raulquiros under reflexiones, teatro

Tengo la tentación de contaros qué es esto de la revista The Paris Review, al menos para los que no la conozcan, pero una búsqueda rápida por la red os dará pistas de su historia, componentes, importancia literaria, etcétera. Hasta hace poco pensaba que la única manera de acceder a esta revista era a través de una subscripción -o alguna biblioteca universitaria- pero resulta que no, que parte de sus contenidos están de hecho en su propia página web. En The Paris Review no se andan con chiquitas: van, a por el pez grande. Basta echar una ojeada a la sección de entrevistas para encontrar qué tipo de literatura interesa a la línea editorial.

Buscando perlas me he encontrado con ésta de Edward Albee, un dramaturgo que sonaría a pocos de no ser por la película ¿Quién teme a Virginia Woolf? y a que el texto homónimo editado por Cátedra es un must read en las escuelas de teatro. O debería serlo. Pero Edward Albee tiene un obra más interesante, The Zoo Story, la primera de su carrera, acerca de dos personajes que se encuentran en un zoo y convienen en suicidarse al final de la obra. En España fue editada por J. García Verdugo bajo el nombre de Historia del Zoo. Albee responde al entrevistador cuando le pregunta por qué abandonó su faceta de poeta medicore y decidió pasarse al drama:

Cuando tenía seis años decidí no que iba a ser, sino que de hecho, y siguiendo a la modestia que tanto me caracteriza, que era escritor. Así que comencé a escribir poesía a los seis años y no paré hasta que tuve veintiséis, cuando empezaba a ser mejor, pero no mucho. Cuando tenía quince años escribí alrededor de 700 páginas de una novela increíblemente mala; sin embargo es un libro divertido, todavía me gusta. Luego, con diecinueve, escribí unos cuantos cientos de páginas de otra novela, que tampoco era muy buena. Pero yo estaba determinado a ser escritor. Y como yo era escritor, tenía veintinueve años, no era ni buen poeta ni buen novelista, decidí escribir una obra de teatro, que al final resulta que se me ha dado mejor.

Otras entrevistas que podéis encontrar aquí y que pueden ser de suculento interés son las de Alberto Moravia, William S. Burroughs, Jean Cocteau y Charles Simic. Como nota curiosa, el único español que he encontrado es Camilo José Cela, y en el resumen de la entrevista habla de un general que no tenía enemigos porque los fusilaba. No dejan leer el resto de la entrevista, pena.

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Edward Hopper y los hoteles NH

Sep 09 2008 Published by raulquiros under reflexiones, viajes

Hay algo que ni el más lujoso de los hoteles puede proveer a sus clientes más fieles. Estoy en la sexta planta del NH de Cartagena. Son las tres de la mañana. Abro la ventana y el aire cargado de sal y del calor de todo el día me golpea en las mejillas. Tras la bruma difuminada por las luces de las farolas del paseo marítimo atisbo el muelle del arsenal de la Armada: fragatas, corbetas, un submarino. Una grúa. Las banderas españolas.

Mi habitación doble está vestida con muebles de madera oscura. El suelo es de parqué: nada de tarima flotante quejumbrosa y abombada. En el cuarto de baño tengo, cortesía del hotel, un cepillo para el pelo, uno para los dientes, un calzador, champú, jabón, body-cream, abrillantador para los zapatos, pasta de dientes, espuma de afeitar y maquinilla. Da lo mismo que utilice el cepillo de dientes y lo deje colocado en uno de los dos vasos de cristal del lavabo: al día siguiente, el servicio de habitaciones habrá repuesto el cepillo y los dos vasos. Me ducho, enciendo la televisión y cuando termino de secarme cuelgo cuidadosamente la toalla en su toallero, de tal manera que no parezca haber sido utilizada. Sin embargo, ayer hice lo mismo y la cambiaron; mañana, volverán a reemplazarla. Idéntico destino tendrá la cama si la hago, si robo un azucarillo o extermino, con la meticulosidad del alcohólico principiante, cada botellita del minibar. Este bolígrafo que guardaré en la mochila tras escribir estas notas será repuesto en mi mesita de noche. Incluso las luces. Si dejo una combinación determinada (por ejemplo, sólo las lámparas que dan a la ventana, para hacer de señuelo a los barcos) la noche siguiente estarán apagadas y las del pasillo, encendidas.

Hay un cuadro de Edward Hopper (y hablar de Edward Hopper siempre es bueno, igual que hablar de Raymond Carver, porque nos cuentan historias tan cercanas a nosotros como las que incluyen Chevrolets, Arkansas City y cotidianeidades tan transculturales como el Burguer King) en el que se ve a una mujer semidesnuda sentada en la cama de un motel leyendo una carta que parece a punto de caer de sus delgadas rodillas. Los ojos de la mujer están disueltos en una sombra difusa y no se puede apreciar dónde se dirige realmente su mirada. Diríase que acaba de terminar de leer la hoja y sus ojos bajan lentamente hacia la moqueta verde de la habitación, donde yacen, desordenadas, sus pocas pertenencias: un par de valijas a medio deshacer y sus zapatos. El cuadro me resulta desasosegante por la asimetría de la colocación de las figuras y por la extensión de la moqueta. La escena está flanqueada por dos bloques de color uniforme, la pared a la izquierda y un mueble a la derecha, resultando en un efecto túnel, como si el espectador acabara de sorprender a la mujer en ese preciso instante en el que las palabras ilegibles de la carta hacen que retire la vista un momento. La moqueta, por otra parte, y no la mujer, ocupan el centro gravitatorio del cuadro: cada elemento parece girar en torno a ese suelo de color uniforme que, aun sin sentido por sí mismo, sirve de sintaxis para que mujer, cama, y pertenencias den un significado total a la imagen.

Se ha querido ver este cuadro como una pictorización de la Soledad, de la Soledad como ideal absoluto; pero más bien se trata de la caracterización de la armonía de la soledad de la mujer, la mujer misma y el espectador que la observa y la siente. En cualquier caso se me antoja arbitraria cualquier representación de la soledad en todas sus posibles expresiones. En tanto que Idea, no soy capaz de formar una imagen asociada a la Soledad – como pudiera ser el corazón al Amor o la balanza a la Justicia. El símbolo o rémora de la Soledad siempre vendría acompañada por una imagen que la representara, en este caso, la mujer, con lo cual estarían presentes dos elementos, la Idea soledad y el elemento que la caracteriza, es decir la mujer, contradiciendo la Idea (ya no es única y no es sola). De ahí que hablase de la comunión entre figura y sentimiento, indisolubes en cualquier expresión artística. ¿Qué queda entonces en el cuadro de Hopper? El cuadro de Hopper es un cuadro de pertenencias: lo único que tiene la mujer, en su sentido más amplio, es lo que se ve en el cuadro; una carta, un vestido, una moqueta vieja, unos zapatos. En realidad su soledad no es tanto la ausencia de compañía, sino que esa compañía, tras la lectura de la carta se ha visto reducida a unos objetos tan peregrinos y comunes como los que se muestran en el lienzo.

Hotel Room

La Soledad es una habitación de NH. No existen trazas de antiguos inquilinos o clientes, no hay marcas de un uso anterior, es una habitación nítida, limpia, nueva, higienizada y existe tras de sí todo una maquinaria empresarial que gira en torno a esa Idea de estrenar habitación, de despersonalizarla para que en realidad no sea de nadie. La soledad sería un cuadro siempre cambiante de empleados limpiando las cicatrices que otros inquilinos pudieran crear al cuarto, cerrando la tapa del váter con una cinta de plástico, forrando los vasos, plegando los bordes del papel higiénico, cambiando las toallas, renovando los cepillos. Mientras eso es posible, una habitación de NH no es un lugar donde se sienta la soledad esencial de los hombres. En realidad, nada de lo que hay le pertenece. Una habitación de NH es el lugar idóneo para sentir una profiláctica e inhumana desolación.

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Allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos

Sep 01 2008 Published by raulquiros under viajes

Mira, que te iba a poner que me jode que te hayas ido así, de puntillas, e incluso cabreado, yo que había vuelto a España -en fin, a Alcalá, ¡cómo me dehcubrit-te!- y a veces imaginaba cómo sería otra vez ponernos en La Juve de calimocho o de cocaína con cucarachas imaginarias sobre un libro de Quevedo; que teníamos la coña de llamarte El Oscuro por lo heraclíteo y negro, que al principio llegamos a pensar que podía ser una de tus bromas como la de casarte por dinero y que ese dinero fuera a parar a una grabadora DVD que no sabías ni instalar -joder, qué empresario de pacotilla y encima llamando al amigo informático para que te solucionara la papeleta-, o como lo de rondar a mi hermana y mangarle unas bragas y mandarle un retrato que ni siquiera habías pintado tú; y ahora resulta que no, que te piras y nos dejas a nuestro libre albedrío con este calor, el Turbojulián, el Área 51 y las pocas ganas o ninguna de sacar otro Efímero.

Y mira, que te iba a poner una canción así como muy melancólica de Paco Ibañez, la de León Felipe, la de Palabras para Julia, para que se nos encogiera el alma cada vez que pasáramos por la plaza de Lavapiés y el cielo-destilara-el-dolor-de-tu-ausencia… Pero como tú no las cantabas y te dedicabas a dar por culo con tus lecturas esquizoides de Nietzsche y tus aforismos sin ton ni son a nosotros, protoniños cantores de Viena, te pongo la que te mereces.

Adiós, entonces.

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